Vestía una falda de seda roja arriba de las rodillas, blusa negra de la misma tela, hasta la cintura; chemis blancos que alguien había pintado con vinci roja y, un paliacate rojo en la cabeza.
Esmeradamente Ella, alguien más, había pegado monedas de cinco centavos en las orillas del paliacate para que fungieran como monedas de oro colgando por la frente. En la escuela tocaba baile con el grupo de cuarto, junto con todas las niñas era más divertido. Todas se hacían una, una bola de chicas que se imaginaban como gitanas bellas y misteriosas, traídas de lugares muy lejanos, como las que se aparecían en las ferias de los pueblos y, encerradas dentro de una caja de madera, dejaban que una serpiente les acariciara todo el cuerpo. ¡Qué escalofrío!
Con el pandero en mano, agitaban los ritmos mientras flotaba en el aire su falda, como una suerte de mar reluciente desde donde se auguraban los galeones europeos. El aire estaba impregnado de olor a pino; piñas parecidas a las bellotas tiradas por aquí y por allá, parecían cáscara de nuez.
El aroma a naranja se impregnaba en los olfatos de las chiquillas, mientras sus dedos aventaban la cáscara en el pasto. A través de ese mundo de gajos, se adivinaba el placer que producía en sus paladares aquel fruto del viejo continente.
Llegando a casa, la esperaba la dicha de ver a sus abuelos, quienes la mimaban con "muñequita de sololoi", "pirinola" y, ella se dejaba abrazar como si fuera su último refugio. "Vamos a desgranar mazorcas", decía la abuela, dejando pasar el aire entre sus dientes, y la niña sentada en el centro del solar no pensaba en el tiempo, era el mismo humo del tiempo.
Edith González
Esmeradamente Ella, alguien más, había pegado monedas de cinco centavos en las orillas del paliacate para que fungieran como monedas de oro colgando por la frente. En la escuela tocaba baile con el grupo de cuarto, junto con todas las niñas era más divertido. Todas se hacían una, una bola de chicas que se imaginaban como gitanas bellas y misteriosas, traídas de lugares muy lejanos, como las que se aparecían en las ferias de los pueblos y, encerradas dentro de una caja de madera, dejaban que una serpiente les acariciara todo el cuerpo. ¡Qué escalofrío!
Con el pandero en mano, agitaban los ritmos mientras flotaba en el aire su falda, como una suerte de mar reluciente desde donde se auguraban los galeones europeos. El aire estaba impregnado de olor a pino; piñas parecidas a las bellotas tiradas por aquí y por allá, parecían cáscara de nuez.
El aroma a naranja se impregnaba en los olfatos de las chiquillas, mientras sus dedos aventaban la cáscara en el pasto. A través de ese mundo de gajos, se adivinaba el placer que producía en sus paladares aquel fruto del viejo continente.
Llegando a casa, la esperaba la dicha de ver a sus abuelos, quienes la mimaban con "muñequita de sololoi", "pirinola" y, ella se dejaba abrazar como si fuera su último refugio. "Vamos a desgranar mazorcas", decía la abuela, dejando pasar el aire entre sus dientes, y la niña sentada en el centro del solar no pensaba en el tiempo, era el mismo humo del tiempo.
Edith González
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