domingo, 8 de marzo de 2020

Un día cualquiera

Las mujeres de este pueblo como en muchos otros del país, prefieren seguir lavando trastes, ropa, hacer las camas al levantarse, cumplir con las actividades de los domingos. Con el ritual de siempre para el hombre y para sus hijos varones, quienes ya están acostumbrados a que ella les haga todo.

Este es un día que no significa nada para cierta población de caballeros que no tienen idea de lo que se celebra, simplemente viven con la idea del hoy, tienen que resolver problemas más urgentes como dar el gasto a la mujer, por eso ellas, se ven obligadas a cumplir con su deber, pues es su única función, el hogar. La mirada de esas féminas sólo se enfoca a salir de su casa a la tienda y de la tienda, a su casa, incluso les está vedado quedarse a platicar en la calle con cualquier otra mujer.

En otros casos, y más delicados, siguen existiendo "hombres" que cambian de mujeres como de ropa, las prefieren más ignorantes, dependientes de ellos para que no se rebelen y no se den cuenta de que un mundo diferente podría aparecer ante ellas. Y a su vez, ellas prefieren sólo levantar la mano para recibir unas monedas, y así se da la perpetuación de la misma condición de las mujeres dentro de la sociedad. 

La manutención que dan los separados debería estar al servicio de los hijos, más no de la mujer o del hombre para resolver sus gastos personales, esto se convierte en una dependencia de él o de ella. 

Aunque se realizan movilizaciones a corta o gran escala para hacer conciencia de la importancia que significa ser mujer, en ella está cambiar este panorama de igualdad, respeto, libertad y derechos para ella. Ésta tiene en sus manos poder cambiar el pensamiento de los hombres, pues ella los educada, da el ejemplo y los amamanta. ¿Y tú qué haces para cambiar la condición de la mujer o tu situación?






sábado, 7 de marzo de 2020

Una noche


Un chayote, ramas de romero seco, canela, ocote y arena, fue suficiente para hacer una cruz y aderezarla como a una sopa. Se recurrió al ritual como en tantas muertes. Llegó el féretro de madera, los cirios, y la tela blanca que se coloca detrás de una caja de muerto, como un gran telón.

Inició la llegada de los familiares del difunto, los hermanos, su madre, sobrinas que nunca había visto, primos con quienes no había convivido. Sus antiguos amigos del despacho en donde había trabajado.

Todos parecían cómplices taciturnos, el rosario breve tenía que parar pronto, pues la casa de la rezandera estaba en el monte. El pan desabrido llegó, la olla de té, el café, panecillos para diversidad de paladares.

-"Mijito por qué te fuiste, me dejaste sola. Aaay mijito". -la madre arrullaba los días y las noches, antes y después del rosario. Un sentimiento profundo emergía de la garganta octogenaria. Su rostro desgajado, hecho de la tierra del tiempo y, de horas largas, siempre irrumpía en medio de un silencio de complicidades. Sólo ella permanecía sin humedad en el rostro. Seca como el polvo, distante como el Sol. Ella dirigía los preparativo para la gran comida del novenario.

Coronas de flores y canastas blancas flotaban en la muchedumbre, quien levantaba un polvo que desde lo lejos se percibía como una nube opaca. Antes, se había celebrado la misa, la única misa a donde ella había asistido por mucho tiempo. Pensó en sus hermanas, en su madre, en su pareja. Lo corta que es la vida, un suspiro, un sueño, ¡un respiro acá en la tierra! Él quizá ya estaría lejos.

Ese día hubo un choque entre familias, la del difunto y la de la viuda, qué apellido adornaría la corona principal, pues, después de todo, las hijas de ésta, no era hijas de sangre del finado. La tía de éste, resolvió la disputa, se debía respetar a la esposa y a sus hijastras, se lo merecían, se lo habían ganado, ¡tantos mal tratos a la madre!

Esto era un anuncio a lo que sobrevendría después del entierro. Los días del rezo transcurrieron como en todas partes, el café, el pan, las galletitas, etc., pero lo que de pronto se sintió a poco, fue el brotar de los celos, el interés, el deseo de poseer las cosas.

Nacieron peleas innecesarias, una cera sobre la mesa de vidrio, la cuenta de los gastos del funeral, los que no desplumaron a la gallina, los que fumaron y bebieron sin cooperar, ¿quién le pagó a la rezandera? Pese a esto, durante esa semana, se iban acumulando los recibos de la luz, el cable, la sala. Y a esto agregarle, los seguros de vida que el señor había dejado a su esposa.

En los últimos rezos del novenario se sintieron miradas profundas, los dientes que daban mordiscos a un tierno pan, el sorbo de un té caliente, mejillas rojas, quijadas nerviosas, calor ofuscante. Afuera, la noche pasaba, larga, lenta...más vieja, y más allá, allá arriba, una estrella...

Y la cruz se levantó, en medio de un manjar de carne fresca para el avispero.




Por Edith González Estrada