Un fin de semana
Bajo los efectos del antibiótico logró
despertar, vistió su suéter y unas pantuflas para ir al retrete por séptima vez
desde la madrugada. De regreso al cuarto, vio el cuerpo tendido de su abuela.
Su cabeza toda de nieve, sus mejillas descarnadas, su boca apretada y sus
labios torcidos. El cuerpo pálido, delgado y a pesar de todo, muy lleno,
macizo, despierto, ávido de seguir comiendo y envuelto en sábanas con aroma
fétido, estaba despabilado.
-Estoy despierta desde las siete. ¿Cómo
dormiste?
-Bien abuelita, ¿y usted? ¿Cómo durmió?
-Bien.
- . . .Voy a calentar el desayuno.
Con los ojos desvelados parpadeó frente
al espejo redondo de la cocina. Reconoció que había envejecido, su piel
marchita y transparente le aterró. “Parezco toda una droga” pensó y procuró
olvidar las pesadillas del momento mientras preparaba pan francés.
Estaba tranquila y decidida a servir a
su abuela un fin de semana. Era lunes, y en la tarde su madre iría por ella.
Sus labores regresarían a la normalidad, sin sorpresas, sin nadie que la
hiciera enojar, libre de todos, todo el tiempo para ella, y sin embargo, todo
su pensamiento en otra cosa.
Cuando la abuela entró a la cocina
sintió que una niña cargada de recuerdos. Entraba para sentarse a la mesa.
-Estoy haciendo pan francés abuelita, ¿le
gusta?
-Sí, hace tiempo que no comía.
-Creo que me quedaron muy aguados, los
remojé mucho.
-Sí, están casi deshechos.
- ¿Qué me vas a servir de tomar?
-Jugo de naranja abue.
-Si, está bien…pero, también hazme un
licuado de papaya para que me haga mejor digestión.
-Sí.
Y
la joven estaba contenta de poder servir hasta el último día a su
abuela, a quien nunca había tenido en su casa. Nunca vivió con su madre
biológica, sino con su madrastra. Pero después de la separación de ésta con su
padre, aquella podía reconciliar los lazos familiares con su madre… y con la
abuela, por qué no, la sangre llama a la sangre, eso dicen. Y la muchachilla
era tierna, parecía otra niña.
Todo estaba en silencio, a ella le
gustaba el silencio, estaba acostumbrada a la soledad. En este momento sólo
pensaba en el aquí, y no en la posterior llegada de su novio.
La abuela estaba regresando a la niñez,
a la inocencia, a las actitudes de berrinches, quejas, llanto, recuerdos,
lamentos, reproches, al tiempo cuando todos los recuerdos se juntan y empiezan
a venirse de una vez.
Los pensamientos de la abuela giraban en
su cabeza blanca, en sus ojos cerrados para siempre. En su espalda y sus
piernas blancas, sus manos tiesas y temblorinas por la diabetes. Su cuerpo
esbelto y delicado parecía encogido. Sedentario para siempre luciendo un suéter
de estambre,- quizá un regalo de navidad-, un forro de vestido y un mayón oscuro
era lo único que cubría el cuerpo. Unos zapatos de pantuflas cerradas
calentaban sus pies fríos y deformes.
Sus demás sentidos compensaban todo lo
que no veía y escuchaba del lado derecho. Acostumbrada a una vida solitaria,
sin pareja, sin una vida privada, sin una ida al cine porque desde los catorce
años se había ido a la ciudad de México a trabajar en una casa de empleada
doméstica. Sin tiempo para ella y menos para su hija. El dinero que mandaba
para su hija y para su yerno nunca fue suficiente. Siempre pedían más y más y
más. Tratando de llenar con dinero el tiempo perdido que nunca le dio a su
única hija: enfermó. Sólo hasta el final regresó a su pueblo.
Ahora la nieta, trataba de recuperar el
tiempo perdido, pues nunca la conoció, tampoco a su madre. De la mejor manera
procuraba atender a su abuela.
-¿Hoy no va a venir tu novio?
- Si, más tarde.
-Creo que sólo viene a visitarte cuando
quiere. Ni te avisa cuando va a venir.
- Ya habíamos quedado en que iba a venir
hoy en la mañana pero no sé exactamente.
-Ah.
Y la vieja siguió sorbiendo su licuado
de papaya, y masticando la verdura casi deshecha del día domingo. Comía con un
gesto adusto y agrio. Parecía olfatear la comida con la lengua y describirla
con las encías. Aunque le pusieran el mejor platillo sus gestos eran los
mismos. Y en este momento que había quien la atendiera podía pedir, solicitar,
protestar, pero nunca agradecer.
En los días que estuvo con la joven tomó
confianza, y eso le dio valor para hablar del padre de la nieta, y en cierto
modo, explayar lo que quizá cientos de veces había dicho a otros. Pero esta vez
la escucharía la nieta, esta vez no se guardaría sus pensamientos, sus
rencores, su odio, sus recuerdos, que ya no eran recuerdos, sino su presente.
Entonces habló.
-
Se puede decir que prácticamente ya tienes tu
casa amueblada ¿no? Hace rato que caminaba por doquier sentí que había muebles.
-
Mm…sí, casi.
-
Sólo te falta la casa.
-
Sí.
-
¿No has visto a Leticia?
-
No.
-
¿A tus hermanos?
-
No.
-
A que tu padre…qué les dejó a ti y a tu
hermana. ¿Qué hizo por ustedes?
-
Pues, nos dio una carrera…
-
Bueno, a ti, porque tu hermana no lo supo
aprovechar.
-
Sí.
-
Pero no les dio nada.
La vieja hacía un recorrido de su vida
en unos segundos y le parecía tan fresco su recuerdo. Recordó todo el dinero
que el yerno gastó en francachelas, en amigos, en nada, y lo peor de todo, que
su hija no se había quedado con la casa que ella había cooperado a construir.
La nieta entendió la conversación y de pronto reaccionó bruscamente, y
fastidiada ya de tenerla ahí.
-Sí abue, pero… a mí no me gusta hablar
mal de las personas.
La vieja lo entendió y quedó callada.
Se respiraba un ambiente tenso, de
silencio y complicidad. La jovencilla sintió indiferencia, hastío, vacío. La
nieta no quería recordar, sólo ver hacia delante. Olvidar era lo mejor. Sin
embargo le quedaba cierto resentimiento de la conversación y deseaba que
atardeciera ya para que su madre se llevara a la vieja. Deshacerse de ella, era
lo más fácil. Se cuestionaba porqué la había traído a casa. No sintió piedad de
ella. La dulzura de la anciana había desaparecido para ella. Ahora se había
convertido en el estorbo, en lo que sólo trae tristezas y recuerdos. Deseó no
tenerla más.
Se sintió aturdida por sus propios
pensamientos. Qué pesada se había puesto la abuela. No podía perdonar todo el
dinero que su yerno le estafó mientras ella se quebraba la espalda en la
ciudad. No se daba cuenta del verdadero patán que era aquel hombre. No sabía
que su yerno era un alcohólico. Sin trabajo, y nada que ofrecerle a su hija.
Era un provinciano analfabeta que se había enamorado de una mujer blanca,
tosca, grosera, vulgar, sin educación, sin modales…pero con mucho porte.
La madre de la muchachilla ahora quería
reponer todo el amor que nunca la dio, pero…con dinero. Creía que con darle un
terreno a su hija todo se le perdonaría. En tanto que la chiquilla lo único que
quería era amor, compañía, un momento con su madre para ir a tomar un helado,
un café, o cosas de mujeres, platicar con ella y sentir de verdad que a su
madre le interesaba la vida de su hija.
Aquella tarde en que la nieta sólo
esperaba la llegada de la madre para que se llevara a la vieja, se había hecho
larga. Ella trataba de evadir la compañía de su abuela yendo a lavar ropa,
hacer por aquí y por allá pero no toparse con el rostro de la mujer que en la
mañana se había perdido en el laberinto de recuerdos contando a su nieta las
construcciones de las casas en donde había trabajado como sirvienta.
Cómo le chocaba a la nieta que su abuela
tuviera una mentalidad de sirvienta y que la anciana hilvanara horas y horas
describiendo las habitaciones de una casa, la servidumbre, el número de
retretes, etc. Ella estaba a punto de decirle ¡basta!, hablas como si así
cumplieras el deseo de poseer las cosas que nunca tuviste.
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La nieta se impacientaba cada vez más y
a la vez se resignaba a terminar de escucharla. Todo esto se acumuló en su
paciencia hasta que explotó en la comida, cuando la abuela se puso a recordar
todo lo que le debía su yerno.
Por fin llegó la madre, se llevó a la
abuela y ella volvió a hacer su vida.
CRÓNICA
Son las nueve de la noche, hay
una fila de carros y camionetas sobre una calle céntrica de la ciudad X. Se ven siluetas de chicos y
chicas nocturnas con una indumentaria clásica de los escucha de lo electrónico
con todas sus mezclas, uno que otro emo. La privada está oscura, sólo se ve un
portón de madera oscuro. El aroma a molly
se esparce por todo el ambiente. A medida que se acercan las personas los
recibe un joven vestido de negro, su corte es excéntrico y anda pegándole a los
veinticinco años; le dan los boletos para entrar a la House party, los revisa y se mete, vuelve a
salir y pregunta “¿por quién vienen?”, aquellos responden “por Y grupo”, “aaah, pasen”, entran
los chavos y hay que subir ocho escalones, llegan al patio, entran a los
cuartos que están adornados con globos y el nombre del evento. En general hay
gente oscilando entre los diez y ocho años y cerca de los cuarenta. Cada quien
está en su círculo de amigos, unos sentados en el piso y otros de pie. El grupo
de Djs
que abre la fiesta está en el cuarto principal, al ritmo de sonidos electros y
del pumpumpum, se va llenando el cuarto hasta reventar, afuera de éste: sin bailar.
Nadie llega de gala sólo chicas de
pantalones o faldas cortas oscuras, tintes lila, cabellos largos y negros,
degrafilados, gorras de estambre; chicos de playeras negras, uno que otro con
rastas en forma de chongo y sus mochilas sobre la espalda, playeras sin mangas,
hombres con falda y chongo, mujeres de pantalón y cabellos cortos. Uno que otro
de saco casual negro y rapados de un lado y cabello largo del otro.
El ambiente se torna más light cuando todos van consumiendo poco a
poco chelas al avance de la noche, también yerba que se huele en todo el
ambiente, pero nadie la muestra, nadie dice nada excepto un distraído en la
fila para entrar al baño unisex, “¡saquen las tracas!”, los ahí presentes se le
quedan viendo con curiosidad y ganas de reír pero lo dejan con su duda “¿aquí
no venden drogas?”, mutatis
mutandi.
La fiesta sigue en el cuarto tercero, un
espacio super pequeño pero la gente mueve sus cuerpos como zombis, como si los
hubieran sacado del panteón para bailar. Ahí no hay distinción de clase ni de
territorio, toluqueños, metepequenses, defeños y quién sabe qué otro gentilicio
más. Moviendo sus cuerpos como si fueran muertos vivientes, “en la pista los
sentidos salen a flote, se reflexiona más”, luces azules, rosas, rojas, naranjas,
como que todas van en cámara lenta. Sobre la pared iluminada hay imágenes que
se proyectan, “Vergüenza Nacional” y ese hijo de la chingada en su silla como
catrín, es obvio, inconfundible, quién más, el innombrable. Después imágenes de
cámaras que ven por todos lados. El clima se hace tibio por los ahí reunidos.
Pura música electro con todas sus mezclas; puros jóvenes con futuros
prometedores; chavos que trabajan en instituciones; gente que ha viajado a
Europa; gente decente y bien. Cada quien en su tema, cada quien en su fiesta,
lo que los une es la música y nada más. Difícil hacer amigos en círculos
herméticos excepto si eres también músico, el sexy o la chica sexy del lugar.
En la fila del baño hay algunos Djs esperando, tienen buen genio y
humor, “se vino una lluvia de mujeres
mejor me voy a la calle, más rápido”. No por ser mujeres tienen un lugar
preferente en la fila, también tienen que formarse. Ante todo la democracia e
igualdad de género en donde menos te lo esperas.