sábado, 9 de septiembre de 2017

Ideas sueltas sobre La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela.


Querido lector, mi objetivo no es contarte completamente ¿quién es Pascual Duarte? porque no podría, sino realizar algunos esbozos sobre este hombre quien antes de morir o más bien, antes de ser condenado a pena de muerte, por cometer matricidio, escribe cartas que hablan de su vida y desea que se publiquen.

Por dichos escritos, sabemos un poco a través de su recuerdo-memoria, lo que fue en su infancia, su adolescencia y en su vida adulta. La vida de este hombrecillo se ve marcada desde el momento en que nace en una familia pobre, marginada de la sociedad española, "en un pueblo perdido de la provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobe una carretera lisa y larga como los días -de una lisura y una largura como usted para su bien, no puede ni figurarse -de un condenado a muerte." (p.109)  

Desde el inicio de la novela, Pascual dice "Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo", en este sentido, su discurso suena a excusa y como un antecedente de lo que va a contar. No era malo, sino el medio social, su familia y los demás lo indujeron a ser el hombre que ahora es.

Duarte crece en una casita muy modesta, de una planta, en donde lo principal es una mesa con tres sillas de madera. Su padre es alcohólico, su madre de un carácter iracundo, necio y duro. Ambos no paran de pelear constantemente delante de su hijo, sin embargo, el niño no toma partido por ninguno. Darle educación a su hijo era preocupación del padre, pero no de ella, y quien se impone es la decisión de la madre. No se ve claro cuál es la ocupación del niño, pues es un pueblo en donde abundan los "marros", los cerdos; digamos, la ocupación son los animales. 

A la vida del niño llega, su hermana Rosario, quien da muestras de ser una pupila inteligente pero sin posibilidad de lograr nada, es así como pronto despega del hogar y se dedica a la vida pasajera. El núcleo familiar de Pascual se ve fragmentado a partir de que aquella abandona la casa. Más tarde su padre muere a consecuencia de una mordida de perro. La madre se embaraza de otro hombre y pronto tiene un hermano de nombre Mario, quien nace mal, pese a eso, unos cerdos le comen las orejas.

La vida del nuevo ser se ve atormentada por la presencia de su padre, quien le pega, se burla, lo humilla hasta la vejación, de esto, Pascual permanece como testigo. Los sentimientos de impotencia, enojo, venganza, ira y odio hacia su madre, terminan por imponerse en él tras la muerte de la criatura, quien se ahoga en un caso de aceite hirviendo. 

"Mi madre tampoco lloró la muerte de su hijo: secas debiera tener las entrañas una mujer con corazón tan duro que unas lágrimas no le quedaran siquiera para señalar la desgracia de la criatura [...] ¡La mujer que no llora es como la fuente que no mana, que para nada sirve, o como el ave del cielo que no canta, a quien, si Dios quisiera, le caerían las alas, porque a las alimañas falta alguna les hacen!" (p.134). 

Continua...

domingo, 3 de septiembre de 2017

Señor Miles

El ascensor se abrió de golpe, se escuchó el sonido y todos entraron en bola, como niños en excursión.

La caja metálica subió al noveno piso. Se abrió como regalo. Salieron encantados y, pensaron que estaban en un mundo feliz. Frente a ellos se extendía un bar, --como el Milk Korova--, apareció un yanqui con bigotes dalinescos, lucía una pequeña piocha y algo de soberbia, aquel hombrecillo los condujo a las delicias. 

Hipnotizados por las computadoras, los ahí reunidos no se dieron cuenta de las visitas. Números y números aparecían en sus pantallas. Judíos, árabes, españoles, franceses, norteamericanos, asiáticos y chinos,--que parecían modelar--, bebían  tarros de cerveza mientras tecleaban cifras. Con un click entregaban a miles de seguidores a la compañía X, a cambio recibían un jugoso cheque.

"Ahora vamos al sexto piso"-dijo el guía-, los demás lo siguieron y llegaron a un orfanato en donde bebés hacían doodles. "Sigamos", "vamos al séptimo", "aquí tienen". Ancianos aprendiendo a usar Word. "Lo que quieran saber, yo les enseño",-dijo una anciana-, y todos soltaron carcajadas. 

Continuaron, en el quinto nivel, vieron a docenas de pubertos resolviendo algoritmos en tablets. "Es un servicio gratuito que hace la casa", "es como un cyber, la gente paupérrima llega a ocupar los aparatos por un tiempo y sin más, se va". 

Cuando ya todos estaban cansados de subir y bajar, el hombrecillo dijo, "Este es el momento crucial de nuestra invitación", y todos los ahí presentes abrieron los ojos. "Sentémonos a dialogar. No hay negocio de por medio". No hay contrato. No nada. "Lo que quieran probar, ¡ahí está!", y abrió los brazos,  "snacks". "Ustedes están aquí por orden del señor Miles". Fueron la carnada para descubrir proyectos que podrían beneficiar a la Casa. "Cuando gusten pueden seguir contribuyendo con nosotros". Sin ninguna garantía de volverlos ricos, todo lo contrario. "¡Vámos!",--dijo persuadiéndolos. "Tomemos fotos". "Impulsemos a la juventud". Un beso, te lo regalo, es tuyo. "¿Cómo cerramos?". Un apretón de manos.

Al final llegó el licenciado para dar fe de los hechos, el juego no era ganar-ganar, y con su dedo medio, señaló un párrafo con letras chiquitas, guiñó el ojo e hizo una invitación a seguirlo. Mientras tanto la oficina de redacción preparaba el gran titular, "Señor Miles haciendo labor altruista". "¡Posen para la foto!". Plash.

Edith González



viernes, 1 de septiembre de 2017

Gitana


Vestía una falda de seda roja arriba de las rodillas, blusa negra de la misma tela, hasta la cintura; chemis blancos que alguien había pintado con vinci roja y, un paliacate rojo en la cabeza.

Esmeradamente Ella, alguien más, había pegado monedas de cinco centavos en las orillas del paliacate para que fungieran como monedas de oro colgando por la frente. En la escuela tocaba baile con el grupo de cuarto, junto con todas las niñas era más divertido. Todas se hacían una, una bola de chicas que se imaginaban como gitanas bellas y misteriosas, traídas de lugares muy lejanos, como las que se aparecían en las ferias de los pueblos y, encerradas dentro de una caja de madera, dejaban que una serpiente les acariciara todo el cuerpo. ¡Qué escalofrío!

Con el pandero en mano, agitaban los ritmos mientras flotaba en el aire su falda, como una suerte de mar reluciente desde donde se auguraban los galeones europeos. El aire estaba impregnado de olor a pino; piñas parecidas a las bellotas tiradas por aquí y por allá, parecían cáscara de nuez.

El aroma a naranja se impregnaba en los olfatos de las chiquillas, mientras sus dedos aventaban la cáscara en el pasto. A través de ese mundo de gajos, se adivinaba el placer que producía en sus paladares aquel fruto del viejo continente.

Llegando a casa, la esperaba la dicha de ver a sus abuelos, quienes la mimaban con "muñequita de sololoi", "pirinola" y, ella se dejaba abrazar como si fuera su último refugio. "Vamos a desgranar mazorcas", decía la abuela, dejando pasar el aire entre sus dientes, y la niña sentada en el centro del solar no pensaba en el tiempo, era el mismo humo del tiempo.


Edith González