lunes, 8 de mayo de 2017

¿Qué es una catana?


Fuente textual: La tristeza del Samurái, de Victor del Árbol

"En realidad una catana no era una espada, sino un sable (...) La verdadera [catana] perteneció a Toshi Yamato, un guerrero samurái del siglo XVII. Fue uno de los héroes más sangrientos de su tiempo, venerado por su vigor y su crueldad en la batalla. Sin embargo, Yamato era en realidad un hombre que odiaba la guerra, le repulsaba hasta la náusea empuñar su catana y enfrentarse a los enemigos. Le horrorizaba morir. Logró vivir buena parte de su existencia constriñendo su verdadera naturaleza, pero al final, incapaz de seguir con esa farsa, derrotado por sí mismo en su lucha por convertirse en quien no podía ser, decidió suicidarse ritualmente. Ese ritual, el seppuku, es muy doloroso; consiste en practicarse varios cortes en el vientre y el suicida puede agonizar durante horas con los intestinos fuera. Por suerte para Yamato, uno de sus fieles lo encontró agonizando, se apiadó de él y lo decapitó con su propia catana. De ahí el nombre de La tristeza del Samurái. Esta arma encarna los mejores valores del guerrero: valentía, lealtad, fiereza, elegancia, precisión y poder, pero al mismo tiempo también lo peor: muerte, dolor, sufrimiento, locura asesina. Yamato pasó toda su vida luchando para nunca vencer entre esas versiones irreconciliables de sí mismo." (p.272).


" En el antiguo Japón se consideraba un acto de piedad que un amigo pusiera fin a la agonía cortando la cabeza del suicida. Ese último gesto de consideración era exclusivo para aquellos cuya vida merecía evitar sufrimiento (...) La práctica japonesa de abrirse el vientre se reserva a los altos nobles, a aquellos que consideraban que su vida solo podía terminar por la propia mano, de un modo cruel y doloroso, pero voluntario. Era su manera de demostrar honor y valentía. Era la tristeza suprema del samurái. El hombre que dignifica su vida con una buena muerte." (p. 386).

sábado, 6 de mayo de 2017

Celia


Como cada mañana, la mujer de sesenta años, se levantaba a las cinco. Con su peine negro, alisaba su cabello de plata, untaba vaselina para hacerlo más brilloso. Tomó un cordón rosa y con su mano agrietada, entretejió una madeja de cabello con una tira de cordón repetidas veces hasta formar dos trenzas gruesas que terminaban delgadas. Al final, las dobló y anudó en moño. 

Tomó su blusa de flores, su falda negra. Puso su escapulario con parsimonia en el cuello moreno. Afligida y entregada, sobre sus rodillas, hizo una oración al padre. Levantó con esfuerzo su cuerpo deteniéndose en los tubos dorados de la cama para erguirse. Buscó en la oscuridad su mandil cuadrado con aroma a humo, y lo deslizó por su cabeza.  

Pensó en el nixcómitl que llevaría al molino. Fue a la cocina y encontró la cubeta que contenía su maíz. Con el reboso de rayas, pudo abrazar su contenedor para aminorar la carga. De regreso a su casa, saludaba a todas las personas que se encontraba en el camino. Evitaba charcos y buscaba veredas seguras para no resbalar con las lluvias de agosto.

Ella pensaba que era la cruz que le había tocado. Al entrar a su cocina de humo, podía respirar el tiempo, pensar más detenidamente, no en los segundos, sino en la abuela paterna, cuando a sus nietos les hacía tortillas con sal en forma de bola, o en los tacos de plátano. "¡Qué rico sabía!", pensó mientras pasaba saliva. Ahora, ella entregaba esos molotitos a sus nietos.

Con doce hijos a su cargo, su carácter era enérgico y fuerte. Sólo la letra había entrado en cuatro de ellos hasta la preparatoria, en los demás, hasta la secundaria. Al ver la olla de barro en el clecuil, recordó aquel día en que a uno de sus hijos le encargó los frijoles. Le ganó el sueño, y cuando despertó, los puercos terminaban de lamer el piso. La olla hecha añicos, sólo despedía el aroma de su contenido. Su hijo nunca olvidaría la tunda que recibió con el cinturón, no sólo en el cuerpo, sino en su cabeza.

"Jesús bendito", dijo para sus adentros. Sus ojos se anegaron de lágrimas, secó el recuerdo con el delantal y volteó la tortilla quemada.




Molotito: en Jalisco es una tortilla con sal en forma de bola.
Clecuil: piedras acomodas en forma de círculo que sirven para encender leña y sostener un comal u olla.


Edith González