"La ventaja que ofrece el lenguaje escrito sobre el lenguaje televisivo es que puede ser detenido, retrotraído, desmenuzado, y analizado en función de sus componentes y sus reglas constructivas. En efecto, el lector puede someter el texto, literario o no, a las necesidades y al ritmo de sus propios análisis. Pero puede también desprenderse del texto y volver a él tantas veces como sea necesario, para cotejarlo con otros enunciados y otros textos similares u opuestos, o para confrontarlo con sus propias representaciones. De modo que la lectura-la buena lectura, ni "macha" ni "hembra" pese a Julio Cortázar- no es tan solo un resorte para el despegue de la imaginación. Es también, y al mismo tiempo, una forma primordial de disciplina de la sensibilidad y el pensamiento, en donde el lector aprende a conocerse a sí mismo en la misma medida en que aprende a confrontarse con la alteridad del texto, sin dejar por ello de compenetrarse con la obra".
En tanto el lenguaje televisivo pretende explotar las emociones, si no es que generar morbo, es continuo, no presenta pausa para la reflexión ni el análisis, mucho menos para la imaginación. Presenta un sistema de signos, lenguaje subliminal para entrar al inconsciente estimulando una respuesta de consumo generalmente, comportamiento o ideología de masa, -que no es lo mismo que la memoria colectiva-, todo esto para mantener al televidente o espectador de pantalla de plasma con la mente en blanco, como zombi, programado para pensar, sentir, ver, actuar y vestirse como "los demás", que hacen lo mismo que él.
Edith González