LA
SEMANA SANTA DE LOS INDIOS TERMINA SIN RESURRECIÓN
Por Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina
A principios de nuestro
siglo, todavía los dueños de los pongos,
indios dedicados al servicio doméstico, los ofrecían en alquiler a través de
los diarios de La Paz.
Hasta la revolución de 1952,
que devolvió a los indios bolivianos el pisoteado derecho a la dignidad, los pongos comían las sobras de la comida
del perro, a cuyo costado dormían, y se hincaban para dirigir la palabra a
cualquier persona de piel blanca. Los indígenas habían sido bestias de carga
para llevar a la espalda los equipajes de los conquistadores: las cabalgaduras
era escasas. Pero en nuestros días pueden verse, por todo el altiplano andino,
changadores aimaraes y quechuas cargando fardos
hasta con los dientes a cambio de un pan duro. La neumoconiosis había sido la primera enfermedad profesional de
América; en la actualidad, cuando los mineros bolivianos cumplen treinta y
cinco años de edad, ya sus pulmones se niegan a seguir trabajando: el
implacable polvo de sílice impregna
la piel del minero, le raja la cara y las manos, le aniquila los sentidos del
olfato y el sabor, y le conquista los pulmones, los endurece y los mata.
Los turistas adoran
fotografiar a los indígenas del altiplano vestidos con sus ropas típicas. Pero
ignoran que la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III a fines
del siglo XVIII. Los trajes femenino que los españoles obligaron a usar a las
indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras
extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las
indias, raya al medio impuesto por el virrey Toledo. No sucede lo mismo, en
cambio, con el consumo de coca, que no nació con los españoles; ya existía en
tiempos de los incas. La coca se distribuía, sin embargo, con mesura; el gobierno incaico la
monopolizaba y sólo permitía su uso con fines rituales o para el duro trabajo
en las minas. Los españoles estimularon agudamente el consumo de coca. Era un
espléndido negocio. En el siglo XVI se gastaba tanto, en Potosí, en ropa
europea para los opresores como en coca para los oprimidos. Cuatrocientos
mercaderes españoles vivían, en el Cuzco, del tráfico de coca; en las minas de
plata de Potosí entraban anualmente cien mil cestos, con un millón de hilos de
hoja de coca. La iglesia extraía impuestos a la droga. El inca Garcilaso de la
Vega nos dice, en sus “comentarios reales”, que la mayor parte de la renta del
obispo y de los conónigos y demás ministros de la iglesia del Cuzco provenía de
los diezmos sobre la coca, y que el transporte y la venta de este producto
enriquecían a muchos españoles. Con las escasas monedas que obtenían a cambio
de su trabajo, los indios compraban hojas de coca en lugar de comida:
masticándolas, podían soportar mejor, al precio de abreviar la propia vida, las
mortales tareas impuestas. Además de la coca, los indígenas consumían
aguardiente, y sus propietarios se quejaban de la propagación de los “vicios
maléficos”. A esta altura del siglo veinte, los indígenas del Potosí continúan
masticando coca para matar el hambre y matarse y siguen quemándose las tripas
con alcohol puro. En las minas bolivianas, los obreros llaman todavía mita a su salario.
Desterrado en su propia
tierra, condenados al éxodo eterno, los indígenas de América Latina fueron
empujados hacia las zonas más pobres, las montañas áridas o el fondo de los
desiertos, a medida que se extendía la frontera de la civilización dominante. Los indios han padecido y padecen-síntesis
del drama de toda América Latina- la maldición de su propia riqueza.
(Las negritas son mías)