sábado, 27 de julio de 2019

Sólo en el arte, la tragedia es bella

Sólo en el arte, la tragedia es bella
                                                                   Por Edith González Estrada

En los pueblos más recónditos de México, se sigue perpetuando la educación más estricta y dura para las mujeres. Los padres nunca saben si aquella va a formar un buen hogar. Hace algunos años era más visto que él la abandonara, ahora ella lo abandona. 

Para prevenir esa situación de abandono, los padres forman a sus hijas mayores o aún sin serlo, bajo la estricta disciplina de "por si acaso... ella ya sabe hacer las cosas, sin necesidad de un hombre a su lado". Sin pensarlo, es así como familias tratan como hombres a sus pupilas, y entonces se convierten en el chalan del padre, "dame la bisagra, el tornillo, el sóquet; ya se fundió el fusible, vamos a cambiarlo; baja el switch o interruptor eléctrico", logran distinguir entre un martillo de albañilería y uno de carpintería. 

El panorama no se enfoca sólo al "dame mi caja de herramientas", sino al aspecto femenino de la mujer: "¿por qué te pintas los labios?, ese barniz te va mal, no combina con tu ropa; las mujeres de la mala vida se pintan sus labios de anaranjado o de rojo fluorescente", y a fuerza de mutilar cualquier indicio de feminismo, se le hace notar, "¿a quién te quieres parecer?".

El atrevimiento de dichos hombres no solo abarca el campo familiar sino el laboral. Pintarse las uñas es sinónimo de no saber nada, ser sólo un objeto decorativo y, prácticamente no contar con la cabeza sino con los pies. De ser preciso mucho mejor si la fémina se viste de pantalón para que los lleve bien puestos, un movimiento de cadera sexi  podría ser fatal en el trabajo, más si se tratara del periodismo en donde abundan algunos hombres que sólo pueden ascender a sus subalternas si acceden a sus peticiones más caprichosas.

"El hombre llega hasta donde la mujer quiere", "date a respetar", dejarle el pedazo de carne más grande al padre, aguantarlo en las fiestas aunque fueran las cinco de la mañana es sinónimo de lealtad. Acostumbrados a este "orden familiar", los varones se creyeron que sus parejas tenían que ser iguales a su mamá, "sirvele a...", indudablemente, todo ser humano tiene esa altísima y noble misión en la vida; pero con ciertos límites y en una relación de dar y recibir que aún no se ha hecho consciente en nuestros días, pues se sigue escuchando la palabra "Celia para acá, Celia para allá", y la pobre Celia anda de arriba para abajo, desde que despunta la aurora hasta que cae el sol.  

Sin duda, la mujer del siglo XXI, tiene muchos retos, pues como dice Beauvoir en El segundo Sexo (2015), "La mujer que se libera económicamente del hombre no se encuentra por ello en una situación moral, social y psicológica idéntica a la del hombre. La forma en que aborda su profesión y el modo en que se consagra a ella dependen del contexto constituido por la forma global de su vida" (677). Cuántas veces no hemos escuchado, "hermana brincada hermana quedada", "los hijos dan sentido a la vida", "¿no te vas a casar?". Y en esta cotidianidad la mujer se lo cree si no es consciente de su proyecto. La mujer soltera y emancipada de sus padres, es vista como peligro para las demás que sí tienen hogar, que sí tiene esposo, hijos: un "proyecto de vida". No obstante, es vulnerable por la misma sociedad que la rodea, sin hombre, sin protección, ¿a quién le puede importar?

Las féminas que han dado luz a su árbol genealógico, son la oveja negra que no encaja en la familia. Desterradas, ignoradas, excluidas y sepultadas en la memoria están mejor ahí que como espejo de lo que se hizo o no se hizo con ellas. Representan como la parte incómoda de la historia familiar que nadie quiere recordar, en especial los padres. Ahora se habla de cambiar los rolles, la mujer que salga a trabajar, el hombre puede hacer las labores de la casa, entonces en dónde queda el "¿orden dentro del árbol genealógico?". Sin duda se tiene que buscar un equilibrio en donde ambos: mujer y hombre u hombre y mujer, vuelvan a repensar una re-educación dentro de la sociedad y familia, primero como humanos y después como parte de una sociedad. 

Si se empiezan a cambiar formas de actuar como hombres y como mujeres, "porque yo soy tu padre", "me los paso por los ...", "esta es mi casa, si no te parece ya sabes", "nada más acuérdate, cuando me pidas algo", "sólo extiendes la mano", "pídele perdón a tu padre", "estás castigada", "sirves para pura...", "dile al abonero que no estoy", "dile a la señora que nos fíe", y otras más, la mujer se solidariza con estos hombres que a su vez, fueron lastimados y por eso mismo se les tiene más consideración, afectando las relaciones familiares, laborales y sociales que deben cambiar en pro de los valores de igualdad y equidad tanto para hombres vulnerables y no vulnerables con mujeres vulnerables y no vulnerables. Es decir, quitar consideraciones porque se vuelve a caer en la inclinación hacia hombres vulnerables que son educados en la carencia y debilidad que se va a proyectar en sus hijas e hijos.

De-construyamos la estructura, creencias, costumbres que se arraigaron en el inconsciente para ser más libres. Repensar la historia familiar puede ser el inicio. 

Bibliografía

Ibsen, H. Casa de muñecas.
Beauvoir, S. (2015) El segundo sexo. México: Debolsillo.