Configuración de las figuras femeninas-masculinas y
de los ciclos diurnos-nocturnos en La
muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, a partir de los ciclos de su
vida-memoria
Configuring the female-male figures and daytime-night cycles in The Death
of Artemio Cruz by Carlos Fuentes, from the life-cycles of memory
EDITH GONZÁLEZ-
ESTRADA*
Resumen: El presente artículo
pretende dar cuenta de manera limitada, de la configuración de algunos ciclos
de la vida-memoria de Artemio Cruz en La
muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes y con ellos analizar la
configuración de las figuras femeninas-masculinas, así como los ciclos diurnos
y nocturnos que se entrelazan para formar parte su vida-memoria.
Palabras clave: ciclo, diurno,
nocturno, vida-memoria, femenino-masculino, movilizar, configuración.
Abstract: This paper seeks to explain in a limited way, the configuration
of some of the life-cycle memory Artemio Cruz The Death of Artemio Cruz by
Carlos Fuentes and they analyze the configuration of the female-male figures as
well as day and night cycles that interlock to join his life memory.
Keywords: cycling, day, night, life, memory,
male-female, mobilizing, configuration.
*Universidad Autónoma del Estado de México, México.
INTRODUCCIÓN
La vida-memoria del protagonista de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos
Fuentes, se configura a partir de tres perspectivas narrativas Yo, Tú y Él, sin
embargo, para este trabajo me enfoco a hablar de algunos relatos de la
perspectiva Él.
Los años que configuran la
vida-memoria del personaje no están dispuestos en la lógica del tiempo
convencional ascendente o descendente, sino en espiral.
Se destacan los años que forman parte
del enfoque narrativo Él. Hay
tres puntos de esplendor en la vida del personaje que encabezan tres series: 1941, 1919, 1913, 1924, 1927; 1947, 1915, 1934, 1939 y 1955, 1903, 1889, 1960. Estos momentos
clave representan su vida empresarial, política y personal, lo cual explica la
presencia de una figura femenina diferente en cada periodo de su vida-memoria y
con ella la de México.
El objetivo de este trabajo es
mostrar los paralelismos entre los ciclos
religiosos prehispánicos, ciclos diurno y nocturno, femenino-masculino, con los
de subordinación-poder, privacidad-política/vida pública, en torno a Artemio
Cruz y los personajes de su vida.
Ciclo agrícola
prehispánico
[Fuente:
Fiestas de los pueblos indígenas. Ritos
aztecas. Las fiestas de las veintenas,
Michel
Graulich, p.429]
Este esquema fue
tomado de Ritos aztecas. Las fiestas de
las veintenas, de Michel Graulich, en el cual se muestran ciertas
correspondencias de la mañana con la juventud,
la tarde con la edad madura o la vejez y la noche con la muerte. Los dos
puntos elevados de la curva señalan la estación de secas y el punto descendente
marca las lluvias. El primer punto elevado hace referencia al esplendor: equilibrio,
juventud, fundación de una ciudad; el otro, a la edad madura y a la vejez. Si
partimos por la mitad la curva, exactamente se forman dos ciclos completos. Se
conforma la primera estación de secas y de lluvias en la cual se cosecha. El
otro ciclo se configura con la segunda estación de secas y de lluvias en la
cual se siembra.
Observando detenidamente,
se forma una u-ve con todos los nombres de los señores de la temporada de secas
y de lluvia, alternativamente se agradece al señor del tiempo de secas y
también al de las lluvias. Sale una estación y entra otra, no se descartan sino
se complementan. Una está en función de la otra, se corresponden, se complementan,
ambas pueden coexistir, una se lee en la otra, ésta anuncia a la que viene.
Algo similar ocurre
con los ciclos de la vida-memoria de Artemio Cruz. En sus momentos de esplendor
rige un personaje femenino y masculino, y en sus momentos de decadencia
gobiernan otros. Igualmente, ciertos personajes de su vida pueden ser leídos en
los venideros o en los pasados. La presencia de unos no niega a los otros, los
afirma y los extiende hasta donde el lector sea capaz de relacionar la
presencia de unos personajes en otros. Esto ocurre en la vida empresarial,
política y personal del protagonista, sin embargo, me voy a enfocar más en las
figuras de su vida personal que no niegan a las de su entorno político.
CONFIGURACIÓN DE FIGURAS FEMENINAS-MASCULINAS EN LA
VIDA DE ARTEMIO CRUZ Y LOS PERSONAJES QUE SE MOVILIZAN EN ESTA
El nacimiento de la abuela Ludivinia, así como el de su nieto Cruz, es simbólico porque
ambos nacen detrás de una puerta atrancada y en un momento que marca el fin y
el inicio de un ciclo. Ella nace en 1810, él en 1889: independencia y
porfiriato. Ambos concebidos en la choza-cueva, en donde cada uno en sus últimos
días, trata de recobrar el tiempo
perdido entre cuatro paredes humedecidas de recuerdos aparentemente sin
tiempo y sin espacio. Son memorias que dejan ver la conexión simultánea de
ciertos episodios de la historia de su país hasta el momento en que mueren, la
abuela en 1903, él en 1960.
El pasaje de imágenes por la memoria de
Ludivinia explica la ascendencia de su familia y parte de la historia cultural
de su país que va de Santa Ana hasta Porfirio Díaz.
La ascendencia de la madre de Artemio, Isabel Cruz
o Cruz Isabel, –no se sabe cuál es su primer nombre-, es importante para saber el origen de su hijo. Su historia se
remonta a la entrada de una familia francesa a Cocuya, Veracruz, la cual por
cuestiones políticas se va de Santiago de Cuba y llega al puerto de Veracruz. Los
hermanos Isabel Cruz y Lunero entran directo a la hacienda de los Menchaca para
trabajar en los plantíos de tabaco y plátano.
Por los recuerdos de la abuela Ludivinia,
sabemos que cuando los franceses entran a la tierra roja (Olmeca-Tolteca), se forja un choque de culturas porque los
extranjeros-blancos tienen hijos con negras e indias, estas
con negros provenientes de Cuba; los mestizos
y criollos tienen descendencia con indias y negras. El
niño Cruz es hijo de Atanasio Menchaca (mestizo) y de una mulata (raza blanca-negra). Nace en una choza de negros y lo bautizan con el
nombre de Cruz.
La vida del protagonista es
una metáfora de la historia de otros personajes que se movilizan dentro del
mismo espacio artístico, por ejemplo: Malinalli, quien
después de ser conquistada, la
bautizaron y se convirtió en una figura importante dentro del proceso de la invasión
a Tenochtitlan. Algo similar ocurre con la vida de Artemio, porque después de su
condición de esclavo, se convirtió en un prohombre. Su primer transgresión en
la hacienda de Cocuya, Veracruz, es el asesinato de su tío Pedrito, así, sin
querer, reivindica sus derechos como hijo de Atanasio Menchaca y de Isabel Cruz.
Su primera lucha es en 1913, en la Revolución Mexicana, simbólicamente pelea contra
los enemigos de su familia, los porfiristas que a su vez los vencieron en 1903.
En su condición de esclavo y como hijo de una mulata,
llega a posicionarse económica y políticamente como su abuelo y su padre hasta
1919.
Ahora veamos ¿qué significa
la presencia de la abuela Ludivinia? Cuando muere tiene
noventa y tres años (1903), un año más que el
intervalo entre la fundación del imperio
azteca (1427) y la llegada de Hernán Cortés a Veracruz (1519), lo cual simboliza
el regreso de Quetzalcóatl. El 93 puede aludir al intervalo de tiempo entre la
fundación del imperio azteca y la caída de Tenochtitlán (13 de agosto de 1521).
La muerte de la abuela asociada a la de
Malinalli (el día doce), figura su nacimiento a la eternidad. (Esquivel, 2005: 189).
La imagen de la abuela y de la madre de Cruz no
desaparece a lo largo de su vida, se repite en otros ciclos con distintas caras
y nombres. Por ejemplo, la abuela en la
hacienda de Cocuya, Veracruz, permite el paso a los santanistas, juaristas y porfiristas.
Catalina, su esposa, representa el fin del gobierno de los porfiristas y la
llegada de los carrancistas. A su vez su hija Teresa da entrada a la clase
burguesa de los arribistas. Todo es un pase de poder y un pase de magia. Un
periodo no niega al otro sino lo complementa como en el calendario de las
fiestas prehispánicas.
Catalina, Malinalli o Cihuacóatl (la Llorona
prehispánica), simbólicamente representan a la misma mujer que se duele por sus
hijos perdidos. En 1919 Catalina pierde a Lorenzo y traiciona
a los indios de Puebla con la aceptación del nuevo conquistador. Así, se
convierte en testigo y cómplice de los robos y engaños contra los suyos. Catalina
como Malinalli, no escogió, no eligió. Muda ante la fortaleza de Artemio (Cortés), quedó
paralizada y fue portadora de los hijos que más tarde sembró en ella. Malinalli
dio paso a la nueva raza que anunció un nuevo ciclo histórico para los
indígenas y para los mexicanos. En sus
palabras refleja la sorpresa de lo que implica tal acontecimiento:
A ti,
madrecita, te pido que seas su reflejo, para que al verte, se sientan orgullosos.
Ellos, que no pertenecen ni a mi mundo ni al de los españoles. Ellos, que son
la mezcla de todas las sangres—la ibérica, la africana, la romana, la goda, la
sangre indígena y la sangre del medio oriente—, ellos, que junto con todos los
que están naciendo, son el nuevo recipiente para que el verdadero pensamiento
de Cristo-Quetzalcóatl se instale nuevamente en los corazones y proyecte al
mundo su luz, ¡que nunca tengan miedo! (Esquivel, 2005: 186).
Esta es la plegaria de Malinalli (Marina)
al darse cuenta de lo que provoca su unión con la simiente española. Ella tiene
dos hijos: Martín y María con quienes comparte las casas de Coatzacoalcos y de
Coyoacán, lugares que representan su hogar. El primero fue su tierra natal, y el segundo, su estancia con Hernán Cortés. Su destino
es similar al de Catalina. Ésta y Artemio tienen a Teresa y a Lorenzo; poseen tres casas, una en las Lomas, otra en Coyoacán
y la última en Cocuya, Veracruz. Este lugar representa la tierra idílica de
Artemio Cruz, su paraíso perdido, el lugar sagrado de sus abuelos en donde habita
la primera pareja: Ludivinia e Ireneo Menchaca.
Malinalli se puede leer en la imagen de
Ludivinia y de Catalina: mestiza y extranjera,
en quienes se yuxtaponen simultáneamente varios personajes femeninos, los cuales configuran,
no sólo la identidad de varias generaciones de familias,
sino la de un país: “¿Recordarás el país? Lo recordarás y no es uno; son
mil países con un solo nombre. Eso lo sabrás. Traerás los desiertos rojos, las
estepas de tuna y maguey, el mundo del nopal [. . .] voz cora, voz yaqui, voz
huichol, voz pima [. . .] Michoacán, la carne chaparra de Tlaxcala, los ojos
claros de Sinaloa, los dientes blancos de Chiapas”. (Fuentes,
2003: 386)
La esposa de Hernán Cortés también se
llamó Catalina Bernal, y el apellido de Catalina, la de Artemio, seguramente
alude al del soldado de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, en quien aquel
deposita su confianza para despojar y tomar al pueblo indio.
La dualidad Artemio-Catalina insinúa paralelamente
a otras parejas históricas, como:
Cortés-Malinalli, Cortés-Catalina Xuárez, Juan Jaramillo y Malinalli,
Maximiliano y Carlota, la virgen María y José, y algunas otras. Así, con la
configuración de la vida-memoria de Artemio se moviliza una parte de la
historia de México y se configura un enfoque de la identidad del mexicano, como un elemento cultural en quien se reúnen
muchas culturas, razas y etapas de una parte de la historia de México.
Si partimos de la ascendencia de Artemio Cruz,
su abuela Ludivinia permitió el paso a los franceses, ingleses, españoles y
otros grupos, que se apoderaron del suelo mexicano. La anciana se junta con los
extranjeros para posicionarse entre los de la
clase alta. Fue el eslabón entre el ciclo de los santanistas y los porfiristas, siempre cedió a las políticas extranjeras. En este
sentido, permitió la entrada, la penetración y la violación a su madre patria.
La cabeza
de mechones blancos estaba perdida entre los hombros, a veces más altos que el
cráneo. Pero sobrevivió. Seguía aquí, tratando de cumplir desde el lecho
revuelto los ademanes de la joven hermosa y blanca que abrió las puertas de
Cocuya al largo desfile de prelados españoles, comerciantes franceses,
ingenieros escoceses, británicos vendedores de bonos, agiotistas y filibusteros
que por aquí pasaron en su marcha hacia la ciudad de México y las oportunidades
del país joven, anárquico. (Fuentes, 2003: 409-410)
Con sus acciones, la abuela acepta que se viole a la madre patria.
Su hijo Atanasio Menchaca, abusa de la
mulata Isabel Cruz, quien paradójicamente
llega con los franceses, nuevamente por Cocuya,
Veracruz.
Lo
chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que
es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La
chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación
entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la
impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados.
La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión feroz.(Paz, 1993: 85)
Desde esta perspectiva, la violación de la
mulata Isabel Cruz es una imagen representativa de lo que los extranjeros
hicieron al llegar al país joven.
Y en la
vecindad de la hacienda, los zuavos encontraron los grupos de vihuela y arpa
que cantaban Bajalú se fue a la guerra y no me quiso llevar y les alegraban las
noches junto con las indias y mulatas que por allí anduvieron pariendo mestizos
güerejos, mulatos de ojos claros y piel apiñonada, que se apellidaron Garduño y
Álvarez cuando debieron llamarse Dubois y Garnier.
(Fuentes, 2003: 406)
Así, Artemio
Cruz representa, simbólicamente a los hijos de
las indias violadas o, en palabras de Octavio
Paz, “chingadas”. Las indias representan algo más general: “la madre patria”. En consecuencia, de acuerdo a Fuentes,
un ejemplo de hijos de la chingada serían los siguientes:
Imagínense sin mi orgullo, fariseas, imagínense perdidas en esa
multitud de pies hinchados, esperando eternamente un camión en todas las
esquinas de la ciudad [...] imagínense teniendo que gritar como México no hay
dos para sentirse vivas, imagínense teniendo que sentirse orgullosas de los
sarapes y Cantinflas y la música de mariachi y el mole poblano para sentirse
vivas, ah-jay, imagínense teniendo que confiar realmente en la manda, la
peregrinación de los santuarios, la eficacia de la oración para mantenerse
vivas (Fuentes, 2003: 122).
En este sentido, Cruz, por
su origen histórico, sería un “hijo de la chingada”, ya que nació de una
mulata violada. Indirectamente, el protagonista se ve reflejado en los actos
que cometió su abuela Ludivinia.
Legarás
las muertes inútiles, los nombres muertos, los nombres de cuantos cayeron
muertos para que el nombre de ti viviera; los nombres de los hombres despojados
para que el nombre de ti poseyera; los nombres de los hombres olvidados para
que el nombre de ti jamás fuese olvidado:
[. . .] les
legarás sus líderes ladrones, sus sindicatos sometidos, sus nuevos latifundios,
sus inversiones americanas, sus obreros encarcelados, sus acaparadores y su
gran prensa, sus braceros, sus granaderos y agentes secretos, sus depósitos en
el extranjero, sus agiotistas engominados, sus diputados serviles, sus
ministros lambiscones, sus fraccionamientos elegantes, sus aniversarios y sus
conmemoraciones; sus pulgas y sus tortillas agusanadas, sus indios iletrados,
sus trabajadores cesantes, sus montes rapados, sus hombres gordos armados de aqua-lung y acciones, sus hombres flacos
armados de uñas: tengan su México: tengan tu herencia[. . .] (Fuentes, 2003: 389-390).
Estas son las conquistas que Artemio realiza a
lo largo de su vida y marcan de cierta manera la historia-memoria de un momento
de su país: México.
Es claro que la chingada es la madre-patria, así como todas
las mujeres que fueron compradas, penetradas, violadas por Artemio Cruz: Regina,
Catalina, Lilia y una india. Metafóricamente, estas mujeres se asocian con lo
maternal, aquello que protege, da vida, salva y acoge en su regazo. En esta
escena a Catalina se le asocia abiertamente con
lo religioso:
La calesa
se abría paso con dificultad por el sendero del polvo, entre los cuerpos que no
conocían la prisa, que avanzaban de rodillas, a pie, a gatas, hacia el
santuario. Los flancos de maguey impedían salirse del camino para dar un rodeo
y la mujer blanca se defendía del sol con la sombrilla entre los dedos, era
mecida suavemente por los hombros de los peregrinos: los ojos de gacela, los
lóbulos sonrosados, la blancura pareja de la tez, el pañuelo que le cubría la
nariz y boca, los senos altos detrás de la seda azul, el vientre grande, los
pequeños pies cruzados y las zapatillas de raso:
Las manos se alargaron hacia ella: primero el miembro calloso
de un indio viejo y encanecido, en seguida los brazos, desnudos bajo el rebozo,
de las mujeres; un murmullo quedo de admiración y cariño, un ansia de tocarla,
unas sílabas aflautadas: “Mamita, mamita.” La calesa se detuvo y él saltó,
empuñando el fuete sobre las cabezas oscuras, gritando que abrieran paso: alto,
vestido de negro, con el sombrero galoneado metido hasta las cejas. . . (Fuentes,
2003: 152-153).
En el relato correspondiente a 1924 Catalina representa
a la madre virgen: protege a los indios, los cura y los perdona, por esto, ellos la llaman “mamita” “mamita”.
Existe una intención clara de describirla como la virgen. De acuerdo con
Octavio Paz, hay cierta diferencia entre la virgen María y la chingada:
¿Quién es
la Chingada? Ante todo, es la Madre. No una madre de carne y hueso, sino una
figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la
Maternidad, como la Llorona o la “sufrida madre mexicana” que festejamos el
diez de mayo. La chingada es la madre que ha sufrido, metafóricamente o
realmente, la acción corrosiva e infame implícita en el verbo que le da nombre [.
. .]
Por contraposición a
Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada [. . .] Si
la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado
asociarla con la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el
sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. (Paz, 1993: 83-94)
En este sentido, Catalina personifica lo religioso,
la madre sufrida que se da para dar nacimiento a la vida, pero también es la
madre violada, entregada por Gamaliel al nuevo conquistador (Artemio Cruz). En
la escena de 1924, Catalina representa a la virgen, a quien los indios quieren tocar
para curarse con su manto. De este modo, simboliza el fervor religioso y el
fanatismo de un pueblo que se cree a sí mismo hijo de una virgen inmaculada. En
este mismo pasaje en oposición a lo religioso también se moviliza la imagen de Malinche
porque Catalina es utilizada, chingada, sirve de intermediaria entre los indios
y Artemio, quien no es parte de ese pueblo religioso. Él es como el Hernán
Cortés, quien utiliza a Malinche para sus fines: se lanza como diputado de
Puebla, y luego abandona a los campesinos que lo apoyaron. En palabras de Paz,
Artemio sería el gran chingón: el conquistador y Catalina sugiere lo chingado y
lo sagrado.
ciclos de esplendor y decadencia en la vida de
artemio cruz como una metáfora de los ciclos diurnos y nocturnos prehispánicos
La metáfora espiral en La muerte de Artemio Cruz se
crea a partir de la configuración de los ciclos de la vida del protagonista, los
cuales se desarrollan desde 1889, año que marca su nacimiento y 1960, su muerte.
Sin embargo, 1960 también representa su nacimiento y 1889 su muerte:
muerte-vida o vida-muerte, no sólo del protagonista, sino de toda una época
histórica, vista desde la óptica del ciclo agrícola prehispánico mexica.
El niño Cruz nace el 9 de abril de 1889 en
Cocuya, Veracruz. En este mes, todo el universo gira en torno al niño y a su
familia, con todo, aquel da una vuelta completa, porque cuando él llega al
mundo, muere y renace un ciclo de poder: muere su abuelo Ireneo Menchaca, su
padre Atanasio Menchaca, y su madre Isabel Cruz.
La muerte de los personajes que cruzan la vida
del niño Cruz es significativa. Por ejemplo, el fallecimiento de Isabel Cruz
representa a la gran señora dadora de vida de los mexicas, Coatlicue, quien
muere al dar a luz a su hijo Huitzilopochtli. Sus hijos la quieren matar e
intentan asesinar a su hermano. Así, Atanasio Menchaca, no sólo representa al
padre, sino a Coyolxauhqui (la Luna) y a los cuatrocientos Centzonhuiznahua
(las estrellas).
El nacimiento del niño representa una batalla
con el universo que no lo acepta porque es fruto de una trasgresión, es decir,
Atanasio e Isabel Cruz son la pareja que tiene relaciones sexuales sin el
consentimiento de la dualidad divina (Ireneo y Ludivinia Menchaca). Ireneo
muere sin reconocer al nieto ilegítimo, quien representa la violación que
comete Atanasio (o Mixcóatl) en contra de la mulata (Chimalmán), quien más
tarde da a luz a un gran niño (Artemio-Quetzalcóatl).
Atanasio simboliza al sacerdote engañado por su
hermano (don Pedrito-Tezcatlipoca), quien lo induce a tomar alcohol y así logra
que rompa con las reglas del universo. Atanasio viola a la mulata, quien se
alude como Xochiquétzal (su hermana) y avergonzado, huye por el oriente y
promete regresar igual que el mito de Quetzalcóatl. La muerte de Atanasio es el
castigo por su trasgresión con el cosmos y después muere (lo matan los
juaristas). En este sentido, el niño representa el regreso de su padre, de su
abuelo y de otros personajes históricos, quienes vienen a restablecer un nuevo
ciclo de poder. De ahí que el narrador-autor y
narrador-protagonista diga:
heredarás
los rostros, dulces, ajenos, sin mañana porque todo lo hacen hoy, lo dicen hoy,
son el presente y son en el presente: dicen ‘mañana’ porque no les importa
mañana: tú serás el futuro sin serlo, tú te consumirás hoy pensando en mañana:
ellos serán mañana porque sólo viven hoy: tu pueblo tu muerte: animal que
prevés tu muerte, cantas tu muerte, la dices, la bailas, la pintas, la
recuerdas antes de morir tu muerte: tu tierra: no morirás sin regresar:este poblado al pie
del monte (Fuentes, 2003: 390-391).
Se juntan muerte-vida, muerte porque en la
perspectiva “Yo” y “Tú” Artemio agoniza, pero en el último relato de la
perspectiva “Él”, Cruz nace.
La abuela, al final de su vida, reconoce a su
nieto, porque sabe que la sangre de la familia corre por las venas del niño
(último descendiente de la familia Menchaca), y mientras él viva, su linaje no
morirá. A partir de entonces, lucha por defender la vida de su nieto, y con
ello se avecina un nuevo ciclo de cambio: ella muere por su nieto. Durante cada
ciclo de poder en la vida de Artemio, el sol resplandece (es de día), pero las
trasgresiones o los cambios de ciclo suceden al caer el sol (al anochecer). Así,
a las siete de la noche ocurren varios acontecimientos: Artemio-niño asesina a
su tío Pedrito; Artemio-hombre compra a Catalina; y Artemio–viejo se levanta
del gran sillón jerarca de su casa de Coyoacán para dar paso alos nuevos
burgueses: los Régules.
Sonaron
las siete en el reloj colocado sobre la chimenea abierta junto a los taburetes
de cuero arrimados al hogar encendido durante estos días de frío. Saludó con la
cabeza y tomó asiento en el sillón, arreglándose la pechera tiesa y los puños
de piqué […] Catalina podía vivir en el caserón de Las Lomas, ayuno de
personalidad, idéntico a todas las residencias de millonarios. Él prefirió
encontrar estos viejos muros, con sus dos siglos de cantera y tezontle, que de
una manera misteriosa lo acercaban a episodios del pasado, a una imagen de la
tierra que no quería perder del todo. Sí, se daba cuenta de que había en todo
ello una sustitución, un pase de magia [. . .] él ordenó que se abrieran las
cortinas que ocultaban el vitral abierto sobre el jardín sombreado de cerezos,
de ciruelos desnudos, frágiles, de limpias estatuas de piedra monacal: leones,
ángeles, frailes emigrados de los palacios y conventos del Virreinato [...] Levantó
la mirada, como si emergiera de una zambullida a fuerza de lastre: encima de
las cabezas despeinadas y de los brazos ondulantes, el claro cielo de vigas y
de los muros blancos, los óleos del siglo XVII y los estofados angélicos. . . y
en el oído despierto, la carrera escondida de las ratas —colmillos negros,
hocicos afilados— que poblaban las techumbres y los cimientos de este antiguo
convento jerónimo. (Fuentes, 2003: 353-355)
En esta cita se describe el terminado y decoración
de la casa de Coyoacán, la cual corresponde al siglo XVII, durante el
virreinato. Cuando los frailes llegaron a México para evangelizar, tuvieron que
cambiar poco a poco los espacios de reverencia dedicados a las deidades
prehispánicas (Huitzilopochtli, Tláloc y Quetzalcóatl) por santos. La cita no
hace referencia clara a alguna deidad prehispánica, la casa de Artemio fue un
ex-convento, el de San Jerónimo. Coyoacán era un espacio de reverencia a
Huitzilopochtli. Convento de Churubusco, palabra que proviene del náhuatl
“Huitzilopochco”, significa “lugar de reverencia de Huitzilopochtli”.
En 1903, cuando Cruz-niño transgrede el orden
del cosmos con el asesinato de su tío, sale de Veracruz, de la tierra idílica,
de su cuna, de la tierra sagrada (Aztlán), y parte de noche a tierras
desconocidas, orientado hacia el norte, por donde los antiguos prehispánicos
creían que estaba la región de los muertos. Metafóricamente, el niño Cruz
peregrina de noche, como en el mito prehispánico, a buscar los huesos de sus
ancestros para fundar una nueva ciudad. Así, parte de Veracruz, llega a México,
va a Sonora, Sinaloa, Chihuahua, México, Puebla y regresa a México. Al llegar a
Puebla, entra al templo de Cholula, en donde antiguamente se adoraba a
Quetzalcóatl. Su entrada a este lugar sagrado representa el inicio de su ciclo
de poder, el cual empieza de día, no de noche. Su itinerario alude al recorrido
que realizaron los aztecas en su búsqueda por la tierra prometida.
Cada etapa de poder en la vida del personaje está
señalada con el día. Este se asocia con
el nacimiento de Quetzalcóatl y de Huitzilopochtli. Su alumbramiento se anuncia
con la aurora y la estrella Venus. Asimismo, son ellos cuando el día está en su
apogeo y poder pleno: 1941,1947 y 1955.
La noche señala la trasgresión que conlleva a la
muerte y a un cambio de poder, pero también se puede leer como la caída del sol
al ocultarse en la tierra, la fecunda, vuelve a generar la creación y
renacimiento de otro día. De ahí que en la novela aparezca primero 1955 y luego
1889, lo cual representaría simbólicamente su muerte y luego su renacimiento,
tanto de él como de otros ciclos.
De acuerdo al calendario de los ciclos
agrícolas, en la noche no rige Quetzalcóatl ni su gemelo Huitzilopochtli, sino
su otro hermano, Tezcatlipoca. En la noche reina lo oscuro, la luna, lo húmedo
y la lluvia; en el día, el sol y lo seco. De esta forma, el día y la noche se
alternan el poder, configurando varios ciclos o etapas históricas que tienen
que ver con los diferentes contextos que se vehiculan y movilizan a partir de
la vida-memoria de Artemio-Catalina.
De este modo, 1941, 1947 y 1955 son puntos
clímax en la vida histórica del personaje: son sus momentos de poder, señalados
por Quetzalcóatl. Mientras que 1919, 1915 y 1903 son los puntos en que lucha
desde abajo para sobrevivir, por lo cual en esos puntos gobierna Tezcatlipoca,
representado por la noche.
Simbólicamente, el día representa la temporada
de secas, cuando es tiempo de recoger las cosechas, mientras que la noche representa
las estaciones lluviosas, cuando la tierra (Coatlicue) es fecundada y las
siembras están en su proceso de crecimiento para ser recogidas en el día-tiempo
de secas. De acuerdo con esta lógica, el día y la noche expresan un cambio de
poder: un ciclo y un año, porque la tierra es fecundada de noche por la caída
del sol (de ahí que Catalina mantenga una lucha consigo misma y que en 1924 la
veamos dejarse seducir por Artemio), y al día siguiente vuelva a nacer su hijo
en otro ciclo o etapa. Cada temporada de secas o de lluvias (que formarían un
ciclo) está acompañada de los rituales que se ofrecen en honor a los creadores
y dadores de vida: unos se van, otros llegan; unos mueren, otros renacen. Por
ejemplo, el nacimiento del niño Cruz (abril), está regido por Quetzalcóatl que
nace, lo que genera una nueva etapa de vida, y pone fin a la temporada de secas
y de cosecha. En este mismo tiempo se celebra a la tierra (Coatlicue-Isabel
Cruz), quien muere durante su parto para alumbrar a su hijo. Este hecho se
relaciona con la muerte de la tierra, la cual se deja descansar para que
recobre su fertilidad y nuevamente se pueda sembrar.
Marzo es un mes muy importante, porque en la
cosmovisión prehispánica mexica, se habría creado el mundo. Abril representaría
la reactualización de dicho evento. Esto explica porqué el niño Cruz nace en este
mes que significa el día de la purificación y permite entender por qué en el
último Él, lo vemos nacer, se juntan niño-viejo. De manera paralela, su alumbramiento
alude a la limpia de la tierra para su preparación del nuevo ciclo: “[...] — Ya
viene el día de la Purificación —dijo Lunero con tres clavos entre los dientes.
/ — ¿Cuándo? / La pequeña fogata bajo el
sol alumbró los ojos verdes del niño. / — El dos, Cruz niño, el dos. Entonces
se venderán más velas, no sólo a los de cerca, sino a toda la comarca. Saben
que de aquí son las mejores velas [...]”. (Fuentes, 2003: 397-398)
En abril se celebra el fin de la temporada de
secas y la entrada de las lluvias, estas últimas son representadas por
Tezcatlipoca. Así, se lleva a cabo la transición y yuxtaposición de ciclos:
cuando celebran a Quetzalcóatl por traer la temporada de secas, también se
celebra a Tezcatlipoca, dado que representa la próxima temporada. Cuando se
festeja a un creador, alternativamente se festeja al otro. Por este hecho, en
un ciclo o etapa se pueden leer otros ciclos. Esto explica por qué en cada uno
de los momentos históricos de la vida del protagonista se pueden ver-leer otros
personajes o ciclos históricos que configuran parte de su vida-memoria y con
ellas, la de un momento de su país: México.
Independientemente de los contextos históricos
que se vehiculan y movilizan, a partir de su vida-memoria (y de la temporada de
secas y de lluvias), se conjunta 13 meses, correspondientes al calendario
prehispánico. De este modo, 1960 corresponde al mes de mayo, cuando se celebra
la renovación de la naturaleza con la llegada de la lluvia, representada por
Tezcatlipoca, y se despide la temporada de secas, simbolizada por Quetzalcóatl.
De alguna manera, todos estos años juntos, desde que nace hasta que muere
Artemio, representan un ciclo histórico completo, e incluso, paralelamente, un
siglo de la historia de México.
Ahora bien, el número trece es de suma
importancia para los mexicas, ya que en el 13 Caña fue la creación del Sol.
Bajo este esquema del ciclo agrícola, los
rituales y celebraciones fueron fundamentales para los mexicas, así creían que preservaban
y mantenían el equilibrio en cada etapa de vida. El día y la noche eran
vigiladas por los creadores o señores divinos, y cada figura masculina de la
temporada de secas y de lluvias tenía su pareja femenina. Sin embargo, durante
la estación de lluvias, los rituales se consagraban a las señoras, y en la
temporada de secas, a los señores.
Así, en la estación de lluvias se realizaban
rituales en honor a Coyolxauhqui, luna moribunda, madre de Huitzilopochtli; a
Toci, la hija del señor de Colhuacán, que fue desollada por los mexicas para
desposarla con el sacerdote que representa a Huitzilopochtli, Cihuacóatl
(hermana de Huitzilopochtli), y a Coatlicue (señora de la tierra). Casi todas
las señoras divinas están relacionadas entre sí. Por ejemplo, a Chimalman se le
asocia con Xochiquétzal (señora de las flores), la prostituta. A Toci, con
Cihuacóatl-Xochiquétzal (cuarta compañera de Tezcatlipoca). A Coyolxauhqui se la
confunde con Cihuacóatl o Chántico, y a ésta con Coyolxauhqui. De igual manera,
Artemio llega a tener en su vida a cuatro mujeres: Regina, Catalina, Laura y
Lilia, cada una de ellas figura un ciclo en la vida del protagonista.
Las relaciones entre las deidades prehispánicas
son muy complejas, así como las correspondencias entre los señores divinos. Las
parejas que se forman con ellos es representativa de lo opuesto: húmedo-seco,
día-noche, de los contrarios, de la dualidad, lo cual implica, en este sentido,
entender las diferentes parejas de Artemio Cruz y su relación con ellas. Esto
se ejemplifica en el siguiente pasaje:
[...] y
querrás recordarte en una vida que a nadie le deberá nada: ella te lo impedirá,
el recuerdo de ella la nombrarás: Regina; la nombrarás Laura; la nombrarás:
Catalina; la nombrarás:Lilia —que sumará todos tus recuerdos y te obligará a
reconocerla: pero aun esa gratitud la transformarás— lo sabrás, detrás de cada
grito de dolor agudo —en compasión de ti mismo, en pérdida de tu pérdida: nadie
te dará más, para quitarte más, que esa mujer, la mujer que amaste con sus
cuatro nombres distintos: ¿quién más? (Fuentes, 2003: 172)
Regina, Catalina, Laura y Lilia tan diferentes
entre sí, representan diversos aspectos en la vida de Artemio: la primera, el amor
de su vida; la segunda, la esposa; la tercera, la amante, y la cuarta, la hieródula,
pero todas juntas podrían verse-leerse en un mismo espacio-tiempo. En 1913,
Regina se asoma desnuda por el marco de la ventana. En 1919, antes de que
Catalina se presente con Artemio, lo ve desde el umbral de la puerta. En 1937,
Artemio observa a Laura de espaldas desde el marco de la habitación. En 1955,
Lilia se asoma a ver a Artemio desde la puerta del salón de fiestas. Estos
espacios se conectan como si fueran un solo laberinto de marcos-espejos en los
cuales se puede ir y venir de un presente a un pasado o a un futuro, y a la
vez, observar a una misma mujer con diferentes nombres y un solo rostro: Catalina
o la madre patria.
La primera es la mujer que le concede dos hijos,
Teresa y Lorenzo, y a pesar de ello, no logra integrarse y ser una con su
esposo. El rencor y odio hacia él la mantienen alejada y resentida, sin
embargo, Catalina lo ama por ser el padre de sus hijos. Viven bajo el mismo
techo, pero no duermen juntos. Así, Catalina representa a las señoras de las
lluvias y a sus parejas de la temporada de secas: el símbolo de lo opuesto y de
los contrarios.
De esta manera, el ciclo agrícola podría leerse
como la multiplicidad de ciclos a través del tiempo y del espacio que dialogan
entre sí a partir de la vida del protagonista. Y los personajes femeninos, como
Catalina, pueden insinuarse como las diferentes presencias de una misma mujer: Regina,
Lilia, Laura, Ludivinia, etc., o bien, como la insinuación de alguna señora
divina: Coatlicue, Coyolxauhqui, Toci y Xochiquétzatl. Esto es una suerte de
metáfora de la madre patria: México.
¿Cómo iba
a vivir el general Santa Anna sin su viejo compañero Menchaca —coronel ahora— que
sabía de gallos y palenques y podía pasarse la noche bebiendo y recordando el
plan de Casamata, la expedición de Barradas, El Álamo, San Jacinto, la Guerra
de los Pasteles, incluso las derrotas frente al ejército invasor yanqui, a las
que el generalísimo se refería con una hilaridad cínica, mientras golpeaba el
piso con la pata de palo y levantaba la copa y acariciaba la cabellera negra de
Flor de México, la esposa-niña llevada al lecho cálido aún con el último
estertor de la primera mujer? (Fuentes, 2003: 410)
¿Quién es la niña-mujer? El México independiente,
joven, que recién liberado del yugo español fue disputado por Francia. Era una
nación relativamente tierna, sin instituciones ni un gobierno estable y
consolidado. Una patria naciente y débil, expuesta a la seducción de cualquier
país extranjero.
Conclusiones
La vida-memoria de Artemio Cruz en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos
Fuentes, está configurada en espiral o ciclos de poder que guardan un
paralelismo con los ciclos diurnos y nocturnos del calendario agrícola
prehispánico, con personajes femeninos y masculinos que van de la época
prehispánica hasta los gobiernos posrevolucionarios de México.
Los ciclos se yuxtaponen formando un espiral que
metafóricamente hablando significa los ciclos históricos que se presentan como
espejos hacia atrás y hacia adelante. Los espejos son los recuerdos de los
personajes que irrumpen en los momentos de esplendor (diurnos) o de decadencia
(nocturnos) para hacernos más presentes aquellos personajes que creíamos
muertos u olvidados. De este modo es como se yuxtapone un ciclo a otro, el
recuerdo del anterior explica al presente y el presente anticipa al que está
porvenir tanto en el recuerdo como en el “futuro”.
Junto a la imagen del protagonista
podemos leer la de Atanasio Menchaca, Hernán Cortés, Maximiliano, Quetzalcóatl,
Huitzilopochtli, entre otros. Al lado del personaje de Catalina, configuramos
la imagen de Ludivinia, Malinalli, Catalina la de Cortés, Coatlicue,
Xochiquetzal, etcétera. Dichas yuxtaposiciones permiten ver los diferentes
ciclos de un momento dado en la historia de México y analizar los errores que
se han repetido de manera continua, pero con diferentes personajes. Con la memoria histórica dentro
del espacio poético se busca recordar el pasado como algo que forma parte del
presente y a éste como un elemento importante orientado hacia el futuro, lo
cual, ayudaría a no cometer los mismos errores que se realizaron en un pasado.
Sin memoria histórica no hay identidad.
Los ciclos diurno y nocturno de
la vida de Cruz, así como las figuras femeninas y masculinas que forman parte
de cada periodo, movilizan espacios y tiempos que rompen con el tiempo lineal
(occidental), no hay inicio y fin de un ciclo como lo veríamos en un calendario
del tiempo, lo que vemos es la yuxtaposición de tiempos y espacios en una
secuencia cíclica, de ahí que la figura de un personaje insinúe a muchos más,
hacia atrás en el recuerdo que está por venir en la memoria y hacia adelante
que anuncia un futuro afectado por el momento presente del que recuerda. Los
personajes que se tejen en la vida de Artemio Cruz son importantes en lo
personal-público e individual-colectivo
porque representan la vida memoria de un país, lo prehispánico, la colonia,
ciertos periodos políticos de México, lo mexicano, su cultura e identidad.
La presencia de los diversos
personajes que configuran cada ciclo de la vida-memoria de Artemio, muestran la
compleja y heterogénea vida-memoria de un país que no acaba por ser. No piensa
totalmente en negro ni en blanco, está tan lejos de lo que fue y tan lejos de
lo que quiere ser. México es un país carnavalesco en donde se juntan lo
político, religioso, prehispánico, sexual, lo divino y lo profano. Su historia
política se ha hecho de traiciones, de juegos y elecciones como yo por ti, tú
por mí, el otro por mí, de juegos de albures y, como diría Octavio Paz y Carlos
Fuentes de “chingados”.
Bibliografía
ALATORRE,
Antonio (2004), Los 1001 años de la
lengua española, 3ª ed., México, FCE, 389 pp.
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Graulich, Michel (1999), Las fiestas de las veintenas, México, Instituto
Nacional Indigenista, 443 pp.
Paz,
Octavio (1993), El laberinto de la soledad, 2ª ed., México, FCE, 351 pp.