sábado, 26 de enero de 2019

La manzana de la discordia

 El rapto de Helena, Mitología griega.

"También Eris traía una ofrenda para los nuevos esposos. En su mano fulguraba la manzana de oro que había recogido en el jardín que se extendía en las tierras de la tarde, en el extremo del mundo, a los pies del lugar en el cual el titán Atlas sostenía aún sobre sus hombros la bóveda celeste como castigo. Al mismo tiempo que la diosa agitaba el índice en el aire, se fueron labrando en la piel dorada del fruto unas escuetas palabras [...] 'Para la más bella', decía la inscripción."*

Cuenta la historia que Eris era una ninfa a quien los dioses griegos no habían invitado a la boda de Peleo y de Tetis, después padres de Aquiles, el héroe de los griegos, primo de Patroclo, a quien Héctor confundió por su hermoso casco y grebas y le dio muerte. Héctor el "domador de caballos de los troyanos...".  En este entendido, los dioses no la habían invitado porque la consideraban aquella que dejaba discordia por donde pasaba; sin embargo, ella pensaba que su discordia era sana, debido a que motivaba a los hombres a aspirar a ser mejores, "no tenía más que mostrarle a cada uno los logros de otro, pues ningún hombre permanecía impasible ante la riqueza del vecino". 

Eris quiso vengarse porque no la invitaron a dicho banquete, y decidió llevar una manzana que tomaría la mujer más bella. Esta llevaría a una guerra segura entre Grecia y Troya. Así que Afrodita, Atenea y Hera, por ser las más bellas, se presentaron ante Paris, un simple pastor, delgado, a quien eligieron para que decidiera sin ningún prejuicio, a la diosa más bella. Cada una le hizo una oferta para sobornarlo y ser elegida, pero Afrodita lo convenció al prometerle por esposa a la mujer más bella de Grecia y, sin enfado, Paris aceptó. Helena sería la manzana de la discordia.

No obstante, veamos antes quién era Helena. Su padre fue Zeus y su madre Némesis, parece ser que ésta fue tomada por asalto por dicho Dios, quien acostumbraba a hacer suya a cuanta mortal y diosa se le antojaba. Por lo cual, ella quería escapar de dicho ser, y se convirtió en un ganso para evitar ser perseguida, sin embargo, ya estaba embarazada de la futura mujer más bella, así que arrojó un huevo de su ser, mismo del que nacería Helena. Se dice que Zeus no dejó de acosarla y la convirtió en un cisne.

La mujer que estuvo al cuidado de Helena, la mujer de la cabellera dorada, fue Leda; aunque después, Etra, la madre de Teseo sería su cuidadora, es decir que aquel la raptó desde niña y le pidió a su madre que velara por ella hasta que se convirtiera en mujer y tomarla por esposa.

Eh aquí, una parte en blanco de la vida, de la mujer más hermosa con Teseo, pues éste la había dejado al cuidado de su madre, ¿y después?, ¿nunca regresó? Habría que investigar,  por qué Menelao, rey de Esparta, la tomó por esposa y Etra se convirtió en su doncella hasta Troya.

La vida al lado de dicho hombre más grande que ella, no fue lo suficiente fogosa, romántica, o diríamos afectiva, como el amor que se profesaría una pareja que ha sido comprometida de manera voluntaria por el amor que los une; sino todo lo contrario, ella debía amar y ser fiel al hombre que ahora la tomaba por esposa.

La vida de Menelao, hijo de Catreo, rey de Creta, "hijo y sucesor de Minos", estaba dedicada a la guerra, y cierto día le llegó la noticia de que su abuelo materno había muerto. Dio la noticia a su esposa y le dijo: "-Eres reina por carácter y buena esposa por honestidad. Confío en ti." Helena se sintió desmayada, frágil, pensó que nuevamente quedaba sola como siempre, vagaba noches enteras por los pasillos infinitos del castillo, sin sueño. Tuvo tiempo para pensar, que después de todo, ella sólo había sido una suerte de trofeo para Menelao, una decoración bonita, una guirnalda en el castillo principal de Esparta, y aunque tenía un hijo con el rey, no impedía que ella tuviera un deseo profundo de ser deseada, poseída, tomada, amar a alguien como nunca lo había hecho.

"Sin abandonar el sueño, se recorrió la piel con las yemas de los dedos: el cuello y los hombros delicados, los blancos brazos, las caderas. Respiró entrecortadamente al acariciarse los senos y después el liso vientre. Apartándose la falda, hundió las manos entre sus muslos y se estrechó contra sí misma. Gemía de gozo al tiempo que la brisa la amaba y recorría las gracias de su cuerpo. Después de alcanzar el apogeo del placer, quedó desfallecida y se le escaparon las lágrimas."

Desde esa noche, supo que estaba enamorada de aquel hombre que había llegado desde Troya. Paris, hijo de Príamo, hermano de Héctor, esposo de Andrómaca, era su anfitrión, quien deseoso, estaba esperando a que sucediera el favor que le debía Afrodita, la diosa del amor, pues le prometió el amor de Helena. "-Deslumbra a esos hombres tediosos, preciosa mía-susurró al oído de Helena mientras le arreglaba las ropas para que realzasen la voluptuosidad que la maternidad había dado a las formas de su cuerpo-. Solo saben hablar de tiros con arco y de carreras de caballos. Si tanto disfrutan montando  sus yeguas, ¿por qué no se casan con ellas? Reía divertida Helena las picardías de su vieja amiga de aventuras y sufrimientos".

Helena había obedecido a su esposo Menelao, quien constantemente le reprochaba ser muy fría con los invitados de Troya.  ¿Quería que fuera amable? o ya presentía el cumplimiento de la profecía, ciertamente no era cándido. En este sentido el propio esposo contribuyó a adelantar las cosas para así ayudar a su hermano Agamenón, y posteriormente invadir con un pretexto, las playas de Troya y aumentar su poderío.


   *Todas las citas textuales son tomadas de la obra mencionada arriba.

viernes, 25 de enero de 2019

El cometa

Era un papalote de color azul, hecho con una cruz de madera ligera. Atada a sus puntas, estaba un cuadro de  plástico que se inflaba y desinflaba, una y otra vez. Tenía una cola de varias tiras de colores; justo en esta tenía amarrado un hilo cáñamo. Volaba a grandes alturas, parecía un pez en el agua, pero sin ojos. Podía ver los surcos de la tierra secos, arenosos; fácil se podía tropezar alguien que no viera las raíces secas, cortadas a tajo con un machete o una hoz. 

"¿Cada día será lo mismo?", -se preguntó- "¿todos los cometas verán la misma tierra, el mismo cielo?", a mí sólo me tienen atado y, pueden hacer que vuele tan alto como ellos quieren y cuando lo desean". "¿Qué se sentirá ser ave para volar sin límites?". Y el viento soplaba con más furia: inflaba su cuerpo por abajo, lo mantenía suspendido. La gente prendía fuego al clecuil para hacer sus tortillas de maíz negro. Las casas de adobe despedían un vaho. Al atardecer, después de una jornada ardiente de sol, los hombres llegaban a sus chozas agotados. Un plato de frijoles calientes y un montón de tortillas, -en el chiquihuite de palma-, con aroma a cal, los esperaba en la mesa larga. Era un momento de meditación, de paz. Lo único que sonaba, era la cuchara contra el plato. La señora, -con su mandil a cuadros-, entraba como reina y ofrecía una bandeja, hasta el tope de quelites recién escurridos, encebollados y, sazonados con un poco de manteca y sal. Un vaso de aguardiente acompañaba dicho platillo ¡sabor a Dios! 

Los niños embadurnados de tierra y lodo entraban y salían corriendo de la cocina; sólo reparaban en jugar con sus papalotes. El chiquillo desbordaba de alegría cuando veía a su cometa tan alto, quería ser como aquel, deseaba  caminar por los cielos para ver lo que ocurría desde allá arriba. "¿Habrá otro mundo?", "¿aquí será otro mundo?". "¡Corre corre corre. Corre más alto!". El papalote se dejaba llevar por la emoción del pequeño, del viento y de su destino. 


Por Edith González

martes, 15 de enero de 2019

Parvada



De golondrinas inquietas se llena el océano de nubes,
figuras convexas forman al unísono del trotar de un caballo
como el cardúmen en el mar.

Latido del bosque extasiado por las ancas de un equino en ardientes rocas,
olor a tierra fecunda que permea el ambiente.

Joya de oro pende en el firmamento:
danza el Sol.

Fragante ceibo, rubís de flores te adornan,
burbujas se expanden en el agua al ritmo de un timbal.

Llora un violín al compás de una milonga: gotan.


Por Edith González

miércoles, 2 de enero de 2019