martes, 31 de julio de 2018

El beso de la mujer araña, Manuel Puig


 El beso de la mujer araña, Manuel Puig
(Fragmento del Capítulo Dos)

-Ya sé, me imagino que no va a quedar ahí. ¿Pero sabés qué me gusta?, que es como una alegoría, muy clara además, del miedo de la mujer de entregarse al hombre, porque al entregarse al sexo se vuelve un poco animal, ¿te das cuenta?
- A ver...
-Hay ese tipo de mujer, que es muy sensible, demasiado espiritual, y que ha sido criada con la idea de que el sexo es sucio, que es pecado, y ese tipo de mina está jodida, recontrajodida, es lo más probable que resulte frígida cuando se case, porque tiene adentro una barrera, le han hecho levantar como una barrera, o una muralla, y por ahí no pasan ni las balas (...)
-Sí, pero ella le dice que hay algo en el médico que no le gusta.
-Claro, porque si la cura la va a entregar a la vida matrimonial, al sexo.
-Pero el marido la convence de que vuelva. Y ella va, pero con miedo.
-¿Sabés de qué es el miedo ante todo?
-¿De qué?
- El médico es un tipo sexual, me dijiste.
-Sí.
- Y ahí está el problema, porque él la excita, y por eso ella se resiste a entregarse al tratamiento.
- Bueno, y va al consultorio. Y ella le habla con toda sinceridad, de que su miedo más grande es a que la bese un hombre y se vuelva pantera.


martes, 24 de julio de 2018

Catorce de julio

Los invitados llegaban en parejas. En el recibidor alguien recogía los abrigos de mink. Les asignaban una mesa acogedora para disfrutar a los músicos, quienes gustosamente tocaban melodías en referencia a la revolución francesa. Cada uno de aquellos relataba con ánimo la historia de la chanson que ejecutaba.

-"Esta surge por la esperanza de algún romántico deseoso de que la revolución terminara y, después pudiera ver a su amada".
-"París significa Ciudad amurallada. Cuenta la leyenda que un gran señor tenía en sus manos, la llave que conducía a la puerta de un dique, si ésta fuese abierta, la metrópoli quedaría sepultada. Aquel hombre le advirtió esto a su hija. Más tarde, el anciano murió. Aquella se enamoró del hombre equivocado, quien sutilmente  la convenció de entregarle la llave".

Así sucesivamente cada uno narró la introducción a su número. 
El principal momento artístico llegó con la ópera Carmen, de Bizet. La soprano lucía un vestido negro, soberbio; cabello rubio, ojos azules. Con dulce voz deleitaba los oídos de los comensales, quienes abrían con La soupe á l'oignons. Entre las invitadas de honor estaba una mujer de sesenta y un años, tez morena, complexión media, uno sesenta y ocho de estatura, cabello café oscuro y corto, con lentes redondos, algunos lunares en el cuello. Además, soltera, sin hijos. Mientras avanzaba la nota de Bizet, L'amour est enfant de boheme, parecía todo tranquilo, perfecto, con la sensación de tener un ser divino en frente redimiendo las conciencias de los convidados. Y así, continuaban con El coq au vin, ni siquiera podían comentar el exquisito sabor del platillo, parecían experimentar una suerte de orgasmo digestivo con Si tu ne m'aimes pas je t'aime.

La mujer parecía compartir la efusión de ese momento liberador casi perfecto, de no haberse percatado de su discípula, quien llegaba en compañía de otra mujer de tez morena. Recordó los taches rojos que había escrito con tiza en el rectángulo verde colgado sobre la pared. El número de veces que planteó una misma pregunta, "Qu' Est-ce que tu fais?",  "Que tu fais?", "Que fais-tu?", "Tu fais quoi?!", hasta el grado de perder la cordura. "¡¿Entiendes que hay mil maneras de hacer una pregunta?! Repite conmigo". El método antiquus seguía siendo funcional en el siglo, excepto por aquellos locos que lo querían omitir, amén de llevarlos a la caja de acero o aplicarles cualquier estirón a fuerza de desmembrarlos como en La Francia.

Una lágrima salpicó uno de sus lentes, quiso esconder su mirada en los postes del objeto. Sintió que no era su revolución ni su gloria la que había que celebrar. En tanto los invitados llegaban a los macarons de colores, la soprano cerraba con Prends garde a toi.

  Edith González

viernes, 6 de julio de 2018

La piedra angular

Como casi todos los días, se reunieron los tres para comer, en un restaurante de la villa. Él pidió el clásico sándwich, ella ordenó un filete, la otra persona una sopa azteca. Cada uno estaba centrado en sus pensamientos y deseos próximos: "Con este sueldo parece que no vamos a sobrevivir en un futuro", "quiero que se lleven bien las dos", "qué estaría viendo, si me hubiese casado con el hombre de mi vida". Entre bocado y bocado, cada uno platicaba de la jornada del día, excepto ella, quien sigilosamente comía su filete con los ojos hundidos, cansada y temerosa de subir un gramo más de su talla.

-"¿No vas a hablar?"- dijo él.
- "¿De qué?"- respondió ella en un tono severo.
- "Has estado callada toda la comida."
-"No sé de qué hablar, a veces los siento volubles. No sé si esta vez ella esté enojada."
- "Yo no estoy enojada, al menos no te he puesto mi cara, ¿o sí?"

"Déjala hijo, quizá se sienta mal. Tal vez le fue mal en su trabajo." Las suposiciones y el tono suelto de la señora la molestaron. En ese momento recordó, que en los últimos días habían estado muy ocupados: el trabajo, la casa y los hijos. No tenía cabeza para tolerar un poco más los aires de soberbia de la señora.

-"Creo que su estrés lo está desbordando con nosotros. Las preocupaciones de su otro hijo las descarga con nosotros. La vida de cada una de sus nueras debería ser contada por ellas mismas, no por usted".
-"Pues creo que yo nunca te he puesto mala cara, por lo demás, cuando seas mamá comprenderás."
-"En los días que enfermé de gripe, tuve que arreglármelas sola. No tuvo tiempo para venir a la casa."
-"Te he visitado, pero la más apropiada en verte es tu mamá, ¿no crees? El día que la vea se lo puedo decir en su cara".

El mesero no podía creer lo que estaba viendo. Era su mesa, sus clientes y su suerte. Aquellos no paraban de discutir incluyendo a Horacio, quien no sabía cómo detener la situación que se había salido de sus manos. Lo único que había intentado era "unirlas". Eso no lo entendía ninguna. Se apresuraron a pedir la cuenta y dejaron el dinero sobre la mesa con la propina. A pesar de la negra situación, la señora insistía en dejar el porcentaje correspondiente del servicio. Antes de que la puerta se cerrara, el mesero dijo, "se les olvida esto", y devolvió la propina. Él insistió en que el mozo aceptara el plus; sin embargo, su pareja dijo, "creo que hay un momento más emergente qué atender que esto, vámonos". Lo jaló del brazo hacia el estacionamiento y continuó la discusión. Durante el trayecto en la carretera, su pareja pensó en lo más trágico. La pelea paró enfrente de la casa, cuando ella dijo, "me voy de la casa", él contestó "me haces un favor" y la señora, "no lo busques". El sonido de la puerta le trastornó la cabeza, sintió un vacío en el estómago y tuvo un ligero mareo.

"Me voy porque me voy". No se daba cuenta de la tormenta que hacía en un vaso de agua, mucho menos en que había sobrepasado el límite de su libertad, se había dirigido de manera prepotente y grosera con la señora. Entonces tomó las cajas de cartón acumuladas en el garaje y empezó a empacar los platos, las tazas, las cucharas: toda la loza. Su mente seguía en negro. Recogió su ropa y la de sus hijos. Habló a la mudanza, cerraron el trato y, al segundo día, recogería sus muebles. Esta era la tercera vez que empacaba todo. No había poder sobrehumano que la hiciera cambiar de opinión. Los ruegos de arrepentimiento de Horacio no bastaban, para ella era inefable el suceso. No quería repetir patrones de vida. Se imaginaba a sí misma como si estuviera viendo pasar por ella a su bisabuela, abuela, madre, hermanas, y a todas las mujeres de telenovelas. ¡Qué horror aceptar semejante condición! Más valía ser madre soltera que cargar con la cruz. 

Tan pronto como estuvo sola, empezó a extrañar el aroma de él, imaginó su sonrisa, las palabras de ruego, el estado casi enfermizo que adoptó en unos días, pues el cigarro lo había consumido, sin probar bocado ni agua. Quiso retroceder el tiempo y volver a empezar.


Edith González