Como casi todos los días, se reunieron los tres para comer, en un restaurante de la villa. Él pidió el clásico sándwich, ella ordenó un filete, la otra persona una sopa azteca. Cada uno estaba centrado en sus pensamientos y deseos próximos: "Con este sueldo parece que no vamos a sobrevivir en un futuro", "quiero que se lleven bien las dos", "qué estaría viendo, si me hubiese casado con el hombre de mi vida". Entre bocado y bocado, cada uno platicaba de la jornada del día, excepto ella, quien sigilosamente comía su filete con los ojos hundidos, cansada y temerosa de subir un gramo más de su talla.
-"¿No vas a hablar?"- dijo él.
- "¿De qué?"- respondió ella en un tono severo.
- "Has estado callada toda la comida."
-"No sé de qué hablar, a veces los siento volubles. No sé si esta vez ella esté enojada."
- "Yo no estoy enojada, al menos no te he puesto mi cara, ¿o sí?"
"Déjala hijo, quizá se sienta mal. Tal vez le fue mal en su trabajo." Las suposiciones y el tono suelto de la señora la molestaron. En ese momento recordó, que en los últimos días habían estado muy ocupados: el trabajo, la casa y los hijos. No tenía cabeza para tolerar un poco más los aires de soberbia de la señora.
-"Creo que su estrés lo está desbordando con nosotros. Las preocupaciones de su otro hijo las descarga con nosotros. La vida de cada una de sus nueras debería ser contada por ellas mismas, no por usted".
-"Pues creo que yo nunca te he puesto mala cara, por lo demás, cuando seas mamá comprenderás."
-"En los días que enfermé de gripe, tuve que arreglármelas sola. No tuvo tiempo para venir a la casa."
-"Te he visitado, pero la más apropiada en verte es tu mamá, ¿no crees? El día que la vea se lo puedo decir en su cara".
El mesero no podía creer lo que estaba viendo. Era su mesa, sus clientes y su suerte. Aquellos no paraban de discutir incluyendo a Horacio, quien no sabía cómo detener la situación que se había salido de sus manos. Lo único que había intentado era "unirlas". Eso no lo entendía ninguna. Se apresuraron a pedir la cuenta y dejaron el dinero sobre la mesa con la propina. A pesar de la negra situación, la señora insistía en dejar el porcentaje correspondiente del servicio. Antes de que la puerta se cerrara, el mesero dijo, "se les olvida esto", y devolvió la propina. Él insistió en que el mozo aceptara el plus; sin embargo, su pareja dijo, "creo que hay un momento más emergente qué atender que esto, vámonos". Lo jaló del brazo hacia el estacionamiento y continuó la discusión. Durante el trayecto en la carretera, su pareja pensó en lo más trágico. La pelea paró enfrente de la casa, cuando ella dijo, "me voy de la casa", él contestó "me haces un favor" y la señora, "no lo busques". El sonido de la puerta le trastornó la cabeza, sintió un vacío en el estómago y tuvo un ligero mareo.
"Me voy porque me voy". No se daba cuenta de la tormenta que hacía en un vaso de agua, mucho menos en que había sobrepasado el límite de su libertad, se había dirigido de manera prepotente y grosera con la señora. Entonces tomó las cajas de cartón acumuladas en el garaje y empezó a empacar los platos, las tazas, las cucharas: toda la loza. Su mente seguía en negro. Recogió su ropa y la de sus hijos. Habló a la mudanza, cerraron el trato y, al segundo día, recogería sus muebles. Esta era la tercera vez que empacaba todo. No había poder sobrehumano que la hiciera cambiar de opinión. Los ruegos de arrepentimiento de Horacio no bastaban, para ella era inefable el suceso. No quería repetir patrones de vida. Se imaginaba a sí misma como si estuviera viendo pasar por ella a su bisabuela, abuela, madre, hermanas, y a todas las mujeres de telenovelas. ¡Qué horror aceptar semejante condición! Más valía ser madre soltera que cargar con la cruz.
Tan pronto como estuvo sola, empezó a extrañar el aroma de él, imaginó su sonrisa, las palabras de ruego, el estado casi enfermizo que adoptó en unos días, pues el cigarro lo había consumido, sin probar bocado ni agua. Quiso retroceder el tiempo y volver a empezar.
Edith González