martes, 29 de septiembre de 2015

Cuento y crónica

Un fin de semana

Bajo los efectos del antibiótico logró despertar, vistió su suéter y unas pantuflas para ir al retrete por séptima vez desde la madrugada. De regreso al cuarto, vio el cuerpo tendido de su abuela. Su cabeza toda de nieve, sus mejillas descarnadas, su boca apretada y sus labios torcidos. El cuerpo pálido, delgado y a pesar de todo, muy lleno, macizo, despierto, ávido de seguir comiendo y envuelto en sábanas con aroma fétido, estaba despabilado.

-Estoy despierta desde las siete. ¿Cómo dormiste?
-Bien abuelita, ¿y usted? ¿Cómo durmió?
-Bien.
- . . .Voy a calentar el desayuno.

Con los ojos desvelados parpadeó frente al espejo redondo de la cocina. Reconoció que había envejecido, su piel marchita y transparente le aterró. “Parezco toda una droga” pensó y procuró olvidar las pesadillas del momento mientras preparaba pan francés.

Estaba tranquila y decidida a servir a su abuela un fin de semana. Era lunes, y en la tarde su madre iría por ella. Sus labores regresarían a la normalidad, sin sorpresas, sin nadie que la hiciera enojar, libre de todos, todo el tiempo para ella, y sin embargo, todo su pensamiento en otra cosa.

Cuando la abuela entró a la cocina sintió que una niña cargada de recuerdos. Entraba para sentarse a la mesa.  

-Estoy haciendo pan francés abuelita, ¿le gusta?
-Sí, hace tiempo que no comía.
-Creo que me quedaron muy aguados, los remojé mucho.
-Sí, están casi deshechos.
- ¿Qué me vas a servir de tomar?
-Jugo de naranja abue.
-Si, está bien…pero, también hazme un licuado de papaya para que me haga mejor digestión.
-Sí.

Y  la joven estaba contenta de poder servir hasta el último día a su abuela, a quien nunca había tenido en su casa. Nunca vivió con su madre biológica, sino con su madrastra. Pero después de la separación de ésta con su padre, aquella podía reconciliar los lazos familiares con su madre… y con la abuela, por qué no, la sangre llama a la sangre, eso dicen. Y la muchachilla era tierna, parecía otra niña.

Todo estaba en silencio, a ella le gustaba el silencio, estaba acostumbrada a la soledad. En este momento sólo pensaba en el aquí, y no en la posterior llegada de su novio.

La abuela estaba regresando a la niñez, a la inocencia, a las actitudes de berrinches, quejas, llanto, recuerdos, lamentos, reproches, al tiempo cuando todos los recuerdos se juntan y empiezan a venirse de una vez.

Los pensamientos de la abuela giraban en su cabeza blanca, en sus ojos cerrados para siempre. En su espalda y sus piernas blancas, sus manos tiesas y temblorinas por la diabetes. Su cuerpo esbelto y delicado parecía encogido. Sedentario para siempre luciendo un suéter de estambre,- quizá un regalo de navidad-, un forro de vestido y un mayón oscuro era lo único que cubría el cuerpo. Unos zapatos de pantuflas cerradas calentaban sus pies fríos y deformes.

Sus demás sentidos compensaban todo lo que no veía y escuchaba del lado derecho. Acostumbrada a una vida solitaria, sin pareja, sin una vida privada, sin una ida al cine porque desde los catorce años se había ido a la ciudad de México a trabajar en una casa de empleada doméstica. Sin tiempo para ella y menos para su hija. El dinero que mandaba para su hija y para su yerno nunca fue suficiente. Siempre pedían más y más y más. Tratando de llenar con dinero el tiempo perdido que nunca le dio a su única hija: enfermó. Sólo hasta el final regresó a su pueblo.

Ahora la nieta, trataba de recuperar el tiempo perdido, pues nunca la conoció, tampoco a su madre. De la mejor manera procuraba atender a su abuela.

-¿Hoy no va a venir tu novio?
- Si, más tarde.
-Creo que sólo viene a visitarte cuando quiere. Ni te avisa cuando va a venir.
- Ya habíamos quedado en que iba a venir hoy en la mañana pero no sé exactamente.
-Ah.

Y la vieja siguió sorbiendo su licuado de papaya, y masticando la verdura casi deshecha del día domingo. Comía con un gesto adusto y agrio. Parecía olfatear la comida con la lengua y describirla con las encías. Aunque le pusieran el mejor platillo sus gestos eran los mismos. Y en este momento que había quien la atendiera podía pedir, solicitar, protestar, pero nunca agradecer.

En los días que estuvo con la joven tomó confianza, y eso le dio valor para hablar del padre de la nieta, y en cierto modo, explayar lo que quizá cientos de veces había dicho a otros. Pero esta vez la escucharía la nieta, esta vez no se guardaría sus pensamientos, sus rencores, su odio, sus recuerdos, que ya no eran recuerdos, sino su presente.

Entonces habló.

-       Se puede decir que prácticamente ya tienes tu casa amueblada ¿no? Hace rato que caminaba por doquier sentí que había muebles.
-       Mm…sí, casi.
-       Sólo te falta la casa.
-       Sí.
-       ¿No has visto a Leticia?
-       No.
-       ¿A tus hermanos?
-       No.
-       A que tu padre…qué les dejó a ti y a tu hermana. ¿Qué hizo por ustedes?
-       Pues, nos dio una carrera…
-       Bueno, a ti, porque tu hermana no lo supo aprovechar.
-       Sí.
-       Pero no les dio nada.

La vieja hacía un recorrido de su vida en unos segundos y le parecía tan fresco su recuerdo. Recordó todo el dinero que el yerno gastó en francachelas, en amigos, en nada, y lo peor de todo, que su hija no se había quedado con la casa que ella había cooperado a construir. La nieta entendió la conversación y de pronto reaccionó bruscamente, y fastidiada ya de tenerla ahí.

-Sí abue, pero… a mí no me gusta hablar mal de las personas.

La vieja lo entendió y quedó callada.

Se respiraba un ambiente tenso, de silencio y complicidad. La jovencilla sintió indiferencia, hastío, vacío. La nieta no quería recordar, sólo ver hacia delante. Olvidar era lo mejor. Sin embargo le quedaba cierto resentimiento de la conversación y deseaba que atardeciera ya para que su madre se llevara a la vieja. Deshacerse de ella, era lo más fácil. Se cuestionaba porqué la había traído a casa. No sintió piedad de ella. La dulzura de la anciana había desaparecido para ella. Ahora se había convertido en el estorbo, en lo que sólo trae tristezas y recuerdos. Deseó no tenerla más.  

Se sintió aturdida por sus propios pensamientos. Qué pesada se había puesto la abuela. No podía perdonar todo el dinero que su yerno le estafó mientras ella se quebraba la espalda en la ciudad. No se daba cuenta del verdadero patán que era aquel hombre. No sabía que su yerno era un alcohólico. Sin trabajo, y nada que ofrecerle a su hija. Era un provinciano analfabeta que se había enamorado de una mujer blanca, tosca, grosera, vulgar, sin educación, sin modales…pero con mucho porte.  

La madre de la muchachilla ahora quería reponer todo el amor que nunca la dio, pero…con dinero. Creía que con darle un terreno a su hija todo se le perdonaría. En tanto que la chiquilla lo único que quería era amor, compañía, un momento con su madre para ir a tomar un helado, un café, o cosas de mujeres, platicar con ella y sentir de verdad que a su madre le interesaba la vida de su hija.

Aquella tarde en que la nieta sólo esperaba la llegada de la madre para que se llevara a la vieja, se había hecho larga. Ella trataba de evadir la compañía de su abuela yendo a lavar ropa, hacer por aquí y por allá pero no toparse con el rostro de la mujer que en la mañana se había perdido en el laberinto de recuerdos contando a su nieta las construcciones de las casas en donde había trabajado como sirvienta.

Cómo le chocaba a la nieta que su abuela tuviera una mentalidad de sirvienta y que la anciana hilvanara horas y horas describiendo las habitaciones de una casa, la servidumbre, el número de retretes, etc. Ella estaba a punto de decirle ¡basta!, hablas como si así cumplieras el deseo de poseer las cosas que nunca tuviste.
|
La nieta se impacientaba cada vez más y a la vez se resignaba a terminar de escucharla. Todo esto se acumuló en su paciencia hasta que explotó en la comida, cuando la abuela se puso a recordar todo lo que le debía su yerno.

Por fin llegó la madre, se llevó a la abuela y ella volvió a hacer su vida.  



CRÓNICA
Son las nueve de la noche, hay una fila de carros y camionetas sobre una calle céntrica de la ciudad X. Se ven siluetas de chicos y chicas nocturnas con una indumentaria clásica de los escucha de lo electrónico con todas sus mezclas, uno que otro emo. La privada está oscura, sólo se ve un portón de madera oscuro. El aroma a molly se esparce por todo el ambiente. A medida que se acercan las personas los recibe un joven vestido de negro, su corte es excéntrico y anda pegándole a los veinticinco años; le dan los boletos para entrar a la House party, los revisa y se mete, vuelve a salir y pregunta “¿por quién vienen?”, aquellos responden “por Y grupo”, “aaah, pasen”, entran los chavos y hay que subir ocho escalones, llegan al patio, entran a los cuartos que están adornados con globos y el nombre del evento. En general hay gente oscilando entre los diez y ocho años y cerca de los cuarenta. Cada quien está en su círculo de amigos, unos sentados en el piso y otros de pie. El grupo de Djs que abre la fiesta está en el cuarto principal, al ritmo de sonidos electros y del pumpumpum, se va llenando el cuarto hasta reventar, afuera de éste: sin bailar.
Nadie llega de gala sólo chicas de pantalones o faldas cortas oscuras, tintes lila, cabellos largos y negros, degrafilados, gorras de estambre; chicos de playeras negras, uno que otro con rastas en forma de chongo y sus mochilas sobre la espalda, playeras sin mangas, hombres con falda y chongo, mujeres de pantalón y cabellos cortos. Uno que otro de saco casual negro y rapados de un lado y cabello largo del otro.
El ambiente se torna más light cuando todos van consumiendo poco a poco chelas al avance de la noche, también yerba que se huele en todo el ambiente, pero nadie la muestra, nadie dice nada excepto un distraído en la fila para entrar al baño unisex, “¡saquen las tracas!”, los ahí presentes se le quedan viendo con curiosidad y ganas de reír pero lo dejan con su duda “¿aquí no venden drogas?”, mutatis mutandi.
La fiesta sigue en el cuarto tercero, un espacio super pequeño pero la gente mueve sus cuerpos como zombis, como si los hubieran sacado del panteón para bailar. Ahí no hay distinción de clase ni de territorio, toluqueños, metepequenses, defeños y quién sabe qué otro gentilicio más. Moviendo sus cuerpos como si fueran muertos vivientes, “en la pista los sentidos salen a flote, se reflexiona más”, luces azules, rosas, rojas, naranjas, como que todas van en cámara lenta. Sobre la pared iluminada hay imágenes que se proyectan, “Vergüenza Nacional” y ese hijo de la chingada en su silla como catrín, es obvio, inconfundible, quién más, el innombrable. Después imágenes de cámaras que ven por todos lados. El clima se hace tibio por los ahí reunidos. Pura música electro con todas sus mezclas; puros jóvenes con futuros prometedores; chavos que trabajan en instituciones; gente que ha viajado a Europa; gente decente y bien. Cada quien en su tema, cada quien en su fiesta, lo que los une es la música y nada más. Difícil hacer amigos en círculos herméticos excepto si eres también músico, el sexy o la chica sexy del lugar.
En la fila del baño hay algunos Djs esperando, tienen buen genio y humor,  “se vino una lluvia de mujeres mejor me voy a la calle, más rápido”. No por ser mujeres tienen un lugar preferente en la fila, también tienen que formarse. Ante todo la democracia e igualdad de género en donde menos te lo esperas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario