Con el corazón en mano, abrigas el frío de tus pupilos, del señor de tu templo. En tus entrañas escondes la fatalidad de las cosas, la incertidumbre, la fuente. Eres ríos en cascada que convergen en el mar infinito, te fundes para no caer.
Mar fecundo, en donde los cuervos se hacen palomas. Grito de los primeros tiempos del hombre. Adán y Eva asustados por la serpiente. Manantial de reposo, abrigas el miedo, el hambre, el caos, te fundes para no caer.
En tus sueños de espanto me recuerdas, me abrazas. Te fundes para no caer.
Edith González
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