domingo, 16 de abril de 2017

La bruja


Sus ojos velados percibían otro mundo.
No sabía si me estaban viendo o sólo escuchando.
"Nací el día del santo José, vengo de allá y
habito en las soledades laberínticas del viento, 
mientras que el mundo construye ciudades
y quema a sus Judas".

Cuando entró al convite, llegó disfrazado de niño.
Dejó su maleta a un lado de la silla de palma, y cansado,
exhausto, dejó oír un dejo de aire contenido en su garganta.
Se sentó entre la multitud con su hermana Flor, ya lo esperaba, juntos,
sorbieron con ambas manos un caldo de raíces 
que no eran de este mundo, sino del de ellos.

El espectáculo iniciaba. 
Una dama solitaria apesadumbrada en sus pensamientos lloraba.
Una pareja con su legión de hijos platicaba
 si era importante la barba o mejor el bigote.
Otros esposos llegaron con sus dos hijos vestidos de corderos. 
Ella tenía ojos de estrella y cara de cisne. 
Dejaba ver sus piernas largas y su sexo, estaba recargada en la silla
buscando miradas lascivas y arriesgadas para devorarlos con su boca de rubí.

En tanto eso acontecía ahí. 
Los hermanos se miraban a los ojos,
muy velados los de él.
 El cansancio, el viento, la tierra y el ambiente quizá los habían descompuesto.
Su mirada nítida, como lo debe ser la de un niño,
estaba cargada con imágenes de un adulto, 
su voz que era de él, pertenecía a otros.
Él no veía a la Cara de Cisne, sólo contemplaba mi rostro,
mis palabras de aire y mis ojos de plato.

Edith González

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