Loca la llaman quienes no la conocen,
descalza anda por los charcos en donde habitan los sapos,
de rama en rama pasa las manos buscando un verde ciruelo
para probarlo y sentir el cosquilleo entre las encías hechas agua.
Bailotea en el aire haciendo piruetas y formas vagas.
En la tierra deja su huella con cada pisada,
sin sandalias, sin marcas, sin nada.
Un vestido de encajes blancos lleva puesto,
cual otrora vistió a una señora.
Sube al columpio y se balancea en el tiempo infinito,
tiempo de ciruelos, de la nuez, de la naranja, del durazno.
Sus rodillas parecen rotas cual Cristo herido,
corriendo entre milpas buscando elotes y la mejor caña.
Masca el bagazo como si fuera colación de colores.
Mira sus rodillas hechas añicos y sacude el polvo de su falda.
Toma un puñado de maíz que se escurre entre sus manos,
toma una mazorca negra y la desgrana en la olotera.
Sin tiempo, sin espacio, sin nada, en el solar de la abuela que descansa.
Edith González
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