domingo, 4 de noviembre de 2018

Loca

Loca la llaman quienes no la conocen,
descalza anda por los charcos en donde habitan los sapos, 
de rama en rama pasa las manos buscando un verde ciruelo
para probarlo y sentir el cosquilleo entre las encías hechas agua. 

Bailotea en el aire haciendo piruetas y formas vagas.
En la tierra deja su huella con cada pisada,
sin sandalias, sin marcas, sin nada.

Un vestido de encajes blancos lleva puesto,
cual otrora vistió a una señora.
Sube al columpio y se balancea en el tiempo infinito,
tiempo de ciruelos, de la nuez, de la naranja, del durazno.

Sus rodillas parecen rotas cual Cristo herido,
corriendo entre milpas buscando elotes y la mejor caña.
Masca el bagazo como si fuera colación de colores.
Mira sus rodillas hechas añicos y sacude el polvo de su falda.

Toma un puñado de maíz que se escurre entre sus manos,
toma una mazorca negra y la desgrana en la olotera. 
Sin tiempo, sin espacio, sin nada, en el solar de la abuela que descansa. 

Edith González

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