miércoles, 3 de octubre de 2018

A un anciano


¿Cómo se puede extrañar a quien apenas se conoce?,
como el niño que encuentra a su mejor amigo en un parque.
¿Quién es ese extranjero tan hermano de tu poesía?,
a quien juegan, crean, tocan, pintan.

Por el lenguaje se miran y se acarician.
Sin raza ni religión, sin clase. Sin nada: sólo la poesía.
¡Qué payaso tan más crítico! haciendo aros de palabras.
¡Qué Virgilio!, comiendo metáforas mientras vigila.
Sólo un músico haciendo circo en la caravana, y
una bruja jugando un colibrí de fuego los miran.

La distancia se acorta cuando nombro la palabra que sale tu boca.
Extiendo mi tiempo en la memoria,
para ver si alcanzo algunos cuadros de azúcar, mientras me logro
yuxtaponer a tus múltiples yo
 que trato de asir en la palabra y en la saliva.
Me enredo en el bálsamo de tus palabras,
sólo encuentro el eco de tu voz que aún no conozco,
encuentro vestigios de otro, de un poeta extranjero.
Me pregunto a qué pudieron oler tus palabras,
los caminos de la palma de tu mano se encogen, se alargan:
pasos perdidos.


Edith González




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