Eran las once de la noche. Estaba prácticamente en bata, metida entre las sábanas blancas con aroma a alcohol, típico de los hospitales. Veía a través de la ventana, y lo único que se podía ver era otro edificio igual de grande, con ventanas enormes, vacío.
A mi derecha se encontraba una mujer acostada en su cama, en bata, convaleciente de una operación de pulmón; más allá, a su derecha, estaba una mujer de cuarenta años con retraso mental y con varias operaciones. Cada una de nuestras camas estaba dividida por cortinas rosas. Frente a cada una de nosotras había otra mujer en cama. Un lado y otro separado por el baño compartido por las seis. Se sentía un clima cálido, diríamos, tibio.
A mi izquierda tenía inmovilizado mi brazo por una gran aguja que permitía el paso a varios medicamentos en suero. Sentía mi cuerpo atravesado por un líquido frío, cada vez más metálico mientras que el gotero del suero se hacía más copioso. Tres días sin comer ni siquiera líquido. Con todo el banquete de medicamentos, pensaba que me iba a volver loca. La cama de al lado tenía conectado el tanque de oxígeno, sentía que murmullos salían de ahí para confesarme algún enigma. Miraba para todos lados sin encontrar salida. Quería arrancarme las sondas e irme a casa, pensaba que todo era un mal sueño. Deseaba llamar al taxi de siempre y largarme a mi cama. Dudé por un tiempo y pensé que así terminaban los locos.
A las doce de la noche escuchaba mesas metálicas arrastrándose, esperé segundos, minutos, un par de horas, y ninguna llegaba a mi cama. Creí que estaba esperando a mi verdugo, que no podía fallar, esa era la noche, no otra. Se me hizo largo el tiempo de espera, pasaban a las camas del frente, ellos dejaban azotar los empaques de medicamentos vacíos dentro de un bote alto, por lo cual el ruido y el temor era más intenso porque no sabía que era eso, sino golpes en la pared provocados por un guante o un cojín. Mi mente estaba a punto de estallar, lloraba de impotencia, quería desaparecer.
Pensé en los días anteriores, imaginé que esas cortinas ya las había visto en sueños pasados, rostros ajenos, trajes blancos. Me vi rebasada por mis propios sueños. Creí que todo era un error, una exageración mía. Un pequeño dolor tenía solución a mi manera, ¿para qué llegar a estos extremos de locura?, recordé que era impulsiva, ¿podría tomar mis cosas e irme? No. El día estaba señalado. Todos estaban preparados, menos yo.
Edith González
Edith González
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