miércoles, 27 de enero de 2016

El viaje

El viaje (2013)

Subieron al taxi mientras el señor mecánicamente subía sus lentes en la nariz. Le gustaba regatear y desconfiar de todas las personas, pero logró convencerla la hospitalidad de Él, su falta de costumbre lo hacía ruborizarse cuando Ella suplicaba a los conductores bajarle el precio, su constante insatisfacción de las cosas la llevaba a creer que nada era cierto. Todos podían mentirle.

Así que satisfecha por la complacencia del otro, se dirigieron a su pueblo natal ubicado a 8 kilómetros fuera de la ciudad. Aquel lugar le traía muchos recuerdos, desde que iban en la carretera antes de entrar, trataba de ubicar su casa antigua. En donde vivió con las tres mujeres de su padre, un peluquero famoso en la aldea, más conocido por el gusto de las mujeres y su vida atormentada por muchos años a causa del alcohol.

Después de que huyó del pueblo, la entrada a éste le era fascinante y peligrosa. Al ver a través de la ventana, conseguía recordar borrosamente quienes vivían en las casas, las imágenes se agolpaban en un collage de tiempo en su memoria, corrían todas juntas al ritmo que dirigía al taxista por las callejuelas angostas. Delgada, pequeña, pálida, enfermiza, cuyos ojos decían todo lo que recordaba en ese pueblo de fantasmas y voces lúdicas.

Su recorrido por las calles fue como visitar el museo de cera, estatuas pasadas que daban miedo y podían despertar. La señora de don Santos, sentada a la orilla de la cera esperando a que los aldeanos compraran sus verdes y redondos aguacates, vivía en la memoria de aquella jovencilla asustada, como la mujer a quien le robaba caramelos cuando la mandaban a comprar plátanos y legumbres fiadas.

La plaza principal, invadida por los juegos mecánicos, figuraban en sus fantasías como el espacio de gigantes y enanos, payasos y brujas, lugar de alegrías y épocas muertas sólo vivas por ella. Madrina y niña, madrina y mujer, madrina y esposa, madrina y anciana, era lo que ella sentía al percibir la presencia de los familiares paternos que la amenazaban con encontrarla en ese espacio atiborrado de gente escuchando misa. Angelitos y madrinas hechos uno en la multitud de espectros y desconocidos.

Parejas de blanco jurando fidelidad y unión para la eternidad, niños de nueve años vueltos conscientes de su naturaleza pecadora, y perdonados por la gracia divina. Fotógrafos bravos a la espera de conseguir la mejor foto. Familiares separados por los divorcios. Abuelos campesinos devorados por el materialismo. Niños idiotas. Niños acólitos traicionados por la carne. Mayordomos jóvenes engañados por la fatuidad. Angelitos y querubines, lujuriosos y traicioneros.

Lugar mágico en donde alguna vez creyó en Dios, en la familia y en el amor. Espacio de juegos en donde conoció a su amor platónico, en donde besó por primera vez al santo que salvó al pueblo de una epidemia. Lugar de juegos macabros en donde podía ocurrir lo más bajo. La hipocresía de la familia, sus dobles morales, risas, sentimientos fingidos y palabras apuradas disfrazando un ambiente de comunión con el Señor.

Fotos comprometidas y fijando un momento que ella no entendía. Las personas habían crecido más de lo que ella suponía, hasta los escuincles soltaban pensamientos y actitudes adultas. En la casa de su hermana se recordó habitándola en otro tiempo. Casa que habitaba los momentos difíciles de la familia, las hermanas en apuros con hombres, la madre alcohólica, las niñas abandonadas en la miseria y salvajismo nato.  

Indecencia e indeferencia repugnante sintió al verse sentada a la mesa  frente a hombres ávidos de probar cosas nuevas. Sorbiendo vino y pan, seis hombres inmersos en sus pensamientos repetitivos, hipnotizados por la apariencia, escondiendo sus vergüenzas, celestinos de hombres, mientras la mujercilla pensaba que algunos por mirar la tele también a ella la miraban. Ocultando su sonrojo bajo los modales aprendidos, bajo la máscara de la más tierna fiera.

Tertulias familiares en donde las hermanas podían reunirse sería un buen pretexto para contarse secretos y mostrarse a flor de piel. Bajo el frenesí de la comida y luego del vino, las personas contaban lo último del día, enfermedades, buenas ventas, el crecimiento de los hijos, presunciones en medio de cuchicheos y carcajadas. Madres satisfechas por el crecimiento de pupilos mal educados y groseros. Las reuniones la malhumoraban siempre. Nada qué decir, cuando la cotidianeidad de dobles morales la confundía, sorda a las preguntas y comentarios vacíos, ensimismada en su desesperación y fastidio. Paralizada por los chillidos infantiles solicitando alimento. Miradas sigilosas y reticentes. Atmósferas pesadas.  

Al salir del pueblo suspiró, parecía haber tenido un sueño. Se levantó de la cama, con todas las ganas de volver al trabajo, de ver a su novio y saber que ella movía las cosas.

                                              


La despedida

-No sé qué chingados voy a hacer con él- pensó la mujercilla. Tanto tiempo había pasado a solas en los quehaceres del hogar. Los hijos en sus ocupaciones de la escuela. El esposo siempre metido en su estudio. Le gustaba escribir libros. En sus tiempos libres escuchaba las noticias y leía el periódico “Calderón está ocupado en asegurar el continuismo, que por rescatar a los Espaldamojadas”.

La mujercilla se había inventado mil enfermedades mientras su familia se entretenía en sus responsabilidades. Estaba en el esplendor de la menopausia y los pleitos consigo misma aumentaban. Se preguntaba.

-¿Qué he hecho de mi vida? Todos estos años los dediqué a mis hijos y a mi esposo y yo no recibí ninguna jubilación, ni pensión, no estoy asegurada, no recibiré quincenas durante el resto de mis días.

Mientras esto pensaba, su cuerpo se llenaba de ansiedad, de miedo, de temores, de frustraciones: inseguridad.  

Había llegado de muy lejos para vivir con decencia a la ciudad. Con un cuerpo hermoso, frondoso, lleno de vida que ahora comparaba con la hipertensión, con los bochornos y ese cuerpo obeso que la acompañaba a donde quisiera. Ella corría mientras aquel temblaba. Si caminaba, el otro la sofocaba. Bueno, estaba con ella en todas partes.

El esposo se decía que estaba a una semana de pedir su carta prejubilatoria y entonces ahora sí disfrutaría de la vida. Tomaría el carro que se había ganado en una lotería y se perdería con él. Ahora sí viajaría aunque fuera con su mujer y los nietos, pues sus hijos ya estaban haciendo su vida, y él tenía derecho a divertirse y gozar lo que tanto trabajo le había costado. 

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