El árbol
A lo mucho, eran tres varas secas muy pequeñas, delgadas muy delgadas,
sus raíces parecían estar al borde de la tierra seca, sin promesa alguna.
La familia parecía darlo por muerto, sin fruto, sin promesa, sin destino.
Su espacio sería el camino de desagüe para dejarlo en el olvido.
Muy cerca de él se escuchaban los gritos de los niños,
el canto de los pájaros, las conversaciones de los adultos;
las mañanas, las tardes, las noches.
Llegó la primavera. Verano. Invierno... otoño.
Las lluvias, la sequía...
Después de muchos años,
en ese lugar ocupado por el árbol de varas, logró crecer un nogal,
un hermoso nogal radiante con su follaje verde, frondoso, gigante,
tan enorme que ocupaba la altura de las ventanas,
se metía por ellas si los dueños no las cerraban.
Cada primavera se colgaban racimos de nueces redondas como cascabeles,
parecían de madera hueca. El aroma era fresco, ácido, exótico. Transportaba
a otros espacios impensados a todos aquellos que quisieran recoger la cáscara
abierta cuando el Sol la había arrancado de su vaina,
y la había dejado caer junto con su semilla de madera.
Su enorme follaje se convertía en un gigante, que con sus manos
de ramas hacía sombras en las paredes blancas de la casa.
En febrero, sus brazos parecían arañar fuertemente los vidrios
y querer abrir las ventanas para enredar sus brazos en esa casa de juguete.
Que parecía de juguete, dije, la casa, junto con su portento de árbol trasero,
en donde los infantes jugaban con sus perros, con la gallina, la lagartija, el gato,
¡qué se yo! con qué más animales pasaban el rato.
Después de algunas décadas, el árbol de varas, pasó a otro dueño.
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