A través del vidrio te miro,
duermes cual luna entre las estrellas.
Tus manos juntas rezando un ave María,
apretados labios guardan el último beso.
En tu cuarto quedaron los últimos adioses,
parecías una muñeca recién barnizada,
vestida de novia, pero con su capa negra.
Fue mi última imagen de ti.
Esas manos blancas encogidas,
llenas de amor, dieron caricias, felicidad,
y cobijo. ¡¿Y qué es una madre?!
Es amor.
En tu nicho ya no escucharás el canto de
cada día, ni verás la aurora que anuncia
al Sol.
Te llevas esos recuerdos.
Te vas sin nada.
Te vas callada, silenciosa entre coronas
de flores.
Cabellos de otoño iluminan tu rostro de cera,
cabellera que el peine surcó frente
a un espejo en primavera. En tu talle
recuerdo la figura de la virgen eterna.
En tu cuarto dejamos una vela, tu cama y
tus cobijas benditas con aroma a rosas.
Ese fue tu lecho,
ese fue tu cuarto.
Lo que se diga de ti ya no importa,
yo me quedo con tus recuerdos y tu amor,
virgen de la Soledad, en tu día,
recibe mi última flor.
Edith González
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