Un día se despertó como tantos días, como tantas mañanas. Se vio al espejo y se quedó perdida, siendo la misma, dejó de ser ella. Arrullaba entre sus manos a un bebé de niebla. Sus hijas entraron por la puerta de siempre. Un domingo cualquiera llegaron de misa con un pan de rueda y otras viandas en las bolsas de mandado. Una de ellas llevaba un chal obscuro, vio a su madre meciendo a un bebé, la abrazó fuertemente para desahogar su dolor, su sobresalto.
Ese día la perdieron. Todos estaban de luto y su tristeza colgando de la casa. De la casa grande en donde ella había tenido seis hijos, todos estaban casados y con nietos. El fruto de la tierra, la música y el box era su sustento. Ahora quedaban los cuadros y el Sagrado Corazón de Jesús en su cabecera. En la familia se sabía que la situación venía de generaciones. "El mediohermano de su padre se había vuelto loco, lo encerraron en un manicomio ocho años. Al cabo de estos, ya no lo querían ahí porque la señora que lo había metido y visitaba, había muerto. Lo fue a recoger su mediohermano, lo recibió en mal estado, tenía una operación abierta en la cabeza, sin poderle cicatrizar, así lo entregaron. Duró un mes de vida".
Nadie supo cómo ella había entrado a un nuevo mundo, tan desconocido para los demás; pero a la vez familiar, pues de la boca de la señora se asomaban palabras que toda su vida le habían dicho los otros. La señora repetía frases incoherentes, se reía, se enojaba. Si algún extraño la saludaba, decía groserías. Evidentemente la marca paterna era muy fuerte, malas palabras, quejas, en medio de las fotos familiares la imagen que predominaba más, era la del padre con el ceño fruncido. Todos se sentían incómodos cuando había visitas, pues temían ser delatados. El nuevo mundo de la madre empezó a ser tomado más relajado, más suave. Hubo mil historias para explicar el estado. La abuela de ellos también sufrió demencia antes de fallecer. La mujer loca se veía al espejo y parecía que éste reflejaba el de una mujer clara, el rostro de la mujer escondida. Un día su sobrina vio eso y se espantó de ver al rostro devuelto por el espejo. "No está del todo perdido",-pensó- "una de tantas y regresa".
La nieta tocaba la espalda de la tía, la acariciaba pensando que pudo ser su madre, su abuela. El dolor lo había dejado en el tapete, no podía dejar rodar un lágrima porque la pena era por ella, no por la tía. Cuando entró a la habitación sabía que ella no significaba nada para la señora, era cualquier persona. En ella acariciaba a la abuela materna, paterna, a la tía ... La espalda encorvada y frágil sabía que era ella misma en otra vida.
Llegó la hora de comida, pensó en el manjar que podría comer, y jugando a ser la otra, no se atrevió a pasar bocado. Pensó en lo duro que es la vida. No obstante, ahí no acabó la conversación. Los familiares contaron que hacía poco descubrieron que la señora tiene tres actas de nacimiento con tres nombres distintos. Siempre había sido Elodía, y ahora la querían nombrar Carlota.
Por Edith González
Por Edith González
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