lunes, 10 de septiembre de 2018

"Goodbye horses"



Parecían unos enamorados salidos de algún cuadro de Renoir. Ella vestía desde el cuello hasta el tobillo. Portaba unos botines beige. El vestido tenía holanes, encajes en el cuello y botones en la espalda. Cada botón forrado con seda rosada. Él, lucía un sombrero blanco homburg, traje del mismo color, muy elegante. La presencia de este ser era magnética, todo giraba en torno a Él; sin embargo, su rostro no se veía claramente. Tez blanca, ojos claros, ¿quizá azules? Su semblante alcanzaba a dibujar una sonrisa extraña, ¿maléfica?, tal vez. Él quería estar con ella, llegó a la casa de la dama sin decir palabra, únicamente con el pensamiento se comunicaron, él supo que ella no estaba lista. Así que salió de la recámara y se fue caminando sobre la calle con paso lento, deseoso de que ella le gritara que ya estaba lista.

Mientras que Él se perdía como una mancha blanca sobre la calle recta, ella volteó hacia la izquierda, presintió una mirada penetrante que venía de esa dirección, vio a una dama de negro entrada en años, ocultándose al lado de un caballero que veía en otra dirección. Quizá podría chantajear a la joven después de ver salir a un hombre de su casa. Así que se fue caminando en dirección de la joven, en su mirada se adivinaba su intención, su mueca algo sonriente, ojos fríos, profundos. Llegó a la morada de la joven, con solo su presencia se sabía a qué llegaba. Pero la dama joven la corrió sin decir palabra, sólo tuvo que abrir la puerta lenta y decentemente para que la otra entendiera. Aquella se tragó sus palabras y su sonrisa.

-¿Cuánto cuesta esta flor?
-Cinco francos.
El hombre de blanco compró un ramo de dalias en el mercado de la aldea. Las envolvieron en papel celofán, listón lila. Se sintió satisfecho de tener en sus manos un regalo para dar a alguien. Volver a empezar llenaba los ánimos, daba placer. Esto podría funcionar.

CONTINUARÁ... 


Edith González




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